LAS QUINCEAÑERAS


Celebrar los XV años es privilegio de pocas muchachas, y ha caído en el juego del consumismo y la vanidad, que desgasta y enfada. Elegantes como reinas, pero temblando, metidas en un vestido que las hace sentir complicadas y torpes, las muchachas tienen pánico al ridículo. Se preparó la fiesta, el vals, el grupo musical, las fotografías, el vestido, el adorno; pero no la Misa ni su vivencia espiritual.

Las quinceañeras son adolescentes: seres humanos en proceso de crecimiento, que quieren afirmar su «yo», y lo expresan en sus búsquedas desconcertantes. Su necesidad fundamental es tomar la vida en sus manos. Buscan, descubren y fijan sus propios valores como polos de atracción. Son un tesoro; aunque las apariencias nos prejuicien.

Ser muy sensibles a las situaciones que atentan contra su dignidad les trae conflictos de obediencia, pues los papás, celosos de su crecimiento, pisotean con frecuencia esa personalidad naciente, no las valoran, sólo se fijan en sus errores, bajando su autoestima y sus ideales.

El amor naciente las saca de sí. Tienen una sed inmensa de ternura y grandes deseos de darlo todo. Después aparece la atracción sexual, precipitada muchas veces por el ambiente erotizado.

Las amistades les traen hermosas emociones, pero también tormentas de celos y desengaños. Siempre se sienten vacías de afecto: «a mí nadie me quiere». Si sus padres no saben demostrales cariño, desoladas buscan que alguien se fije en ellas.

Son idealistas. Ponen fuego en todo lo que emprenden. Absolutizan las perfecciones que las cautivan, y rechazan lo que se opone, así como a quienes caen de su pedestal. Necesitan modelos a imitar.

Despiertan al sentido de la libertad. Son sensibles a las virtudes heroicas, admiran las grandes actitudes, se apasionan por la justicia, la verdad, la pureza. Lástima que la sociedad apaga, manipula o distorsiona este sentido moral.

Parecen “voladas”, superficiales y alocadas, y tienen aspiraciones nobles y problemas graves. Cambian de humor, lloran por sus amigas, sus amores, sus choques con los adultos. Están prontas a corresponder al afecto.

Todas las religiones han tenido ritos de iniciación al paso de una etapa a otra de la existencia. Los XV años es uno de los ritos de la pubertad, que marcan el tránsito de la adolescencia a la condición social de adulto en las diversas culturas. Es la capacitación para la sexualidad responsable.

Los ritos de iniciación implican una ruptura de la etapa vivida (la niñez); superar una prueba (adquirir conocimientos, prestar servicios, vivir etapas). Y el rito es el coronamiento que lleva al éxtasis: fiesta que transporta al ideal, olvidando por un momento nuestra miseria y rutina. Asciende a una nueva etapa, con pleno derecho en la vida social.

Entre los toltecas y mayas, el muchacho a los 15 años entraba al mundo del trabajo y de la guerra. La muchacha, al desarrollarse como mujer, era presentada a la comunidad como una fuerza vital de la tribu por su posibilidad de ser madre. En los muchachos inculcaban el valor; en las muchachas, el pudor. Al noroeste (pimas, yumas, cócopas), las muchachas vírgenes llevan al cuello una hermosa concha y la entregan al esposo el día de su matrimonio.

Primero los separaban bruscamente de su infancia y su familia, y los metían en un período de reclusión o umbral, para un trabajo físico intenso (resalta su igualdad, su separación de la sociedad normal y su carencia de consideración social). Eran sometidos a varias pruebas a menudo dolorosas (por ejemplo, la circuncisión, luchas cuerpo a cuerpo, trabajo social) que expresaba su sumisión a la fuerza de la sociedad, y ofrecían oportunidad de mostrar su valentía y asumir las responsabilidades adultas. En algunos pueblos de América, el joven es enviado solo a la selva, sin agua ni alimentos, para buscar su espíritu protector personal que aparece en un sueño. En la fase final, vuelven a ser aceptados formalmente por la sociedad y se reincorporan, en calidad de adultos, a las actividades productivas: las normas, las artes y el folklore.

Sin Dios, los XV años se convierten en diversión sin sentido y en evasión hasta el hastío y la decepción. Necesitan encontrarse con el Dios de la revelación, que viene a nuestro encuentro, rompiendo sus expectativas, en Cristo, el hombre nuevo, puerta y camino hacia el Padre. No es un acto aislado, sino parte de un proceso, un momento que marca una etapa en la formación en la fe de todos los implicados.

La mujer es clave en la vida familiar y social, pero los medios de comunicación la instrumentalizan como objeto de placer y consumo en aras del progreso.Redescubramos su dignidad.

Que todos participen en la Comunión y la Reconciliación y renueven sus promesas bautismales. Las quinceañeras hacen su consagración, pasando de las palabras a los hechos.

Por eso, la quinceañera, sus acompañantes y padrinos, asisten a unas catequesis o un retiro de preparación, los domingos segundos de cada mes, con el fin de organizar una celebración colectiva de los XV algún sábado.

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