FIESTAS GUADALUPANAS

En 1667 el cabildo de México declaró el 12 de diciembre como la fiesta oficial en honor de Nuestra Señora de Guadalupe. El Papa Benedicto XIV el 25 de mayo de 1754 decretó que el 12 de diciembre "se celebre y solemnice a perpetuidad con rito doble de primera clase con octava, y se rece en preinserto oficio y misa". Fue ratificada en diciembre de 1814, para la celebración del 284 aniversario. El 26 de mayo de 1737 los cabildos eclesiástico y secular juraron hacer guardar como fiesta de precepto el 12 de diciembre, declarando patrona principal de México y su territorio a la Guadalupana.

El 12 de agosto de 1822, el Congreso Constituyente decretó que el 12 de diciembre se celebrara como fiesta de tabla y de corte; y el 25 de abril de 1823 la nombró patrona de la nación, colocando una imagen en los muros del salón de sesiones. Y en 1828 el Congreso declaró el 12 de diciembre de cada año como fiesta nacional de México. A petición del Concilio Plenario Latinoamericano, se extendió en 1900 a toda hispanoamérica. Y Juan Pablo II, al entregar en enero de 1999 las conclusiones del Sínodo de América, la extendió a todo el continente. Octavio Paz dice que es "la fecha central del calendario emocional mexicano".

Ignacio Manuel Altamirano, en 1880 hace un estudio muy bien documentado sobre el tema, publicado en el diario "La República". Dice: "Es tan nacional, que no hay en la república ciudad grande o pequeña, aldea o villorrio, que no la celebre con grandes fiestas; ni mexicano, por ignorante que sea, que no la conozca. No sería imposible encontrar en los lugares más apartados del centro del país quien ignorase que nuestra nación es independiente, que tenemos un gobierno republicano, que hay una constitución, que el presidente de la república se llama Don Fulano de tal, pero es seguro, segurísimo, que nadie, ni entre los indios más montaraces, ignore la aparición de la Virgen de Guadalupe. Y es tan universalmente aceptada la tradición y tan querida, que en ella están acordes no sólo las razas que habitan el suelo mexicano, sino lo que es más sorprendente aún, todos los partidos que han ensangrentado el país por espacio de medio siglo, a causa de las diferencias de sus ideas políticas y religiosas. Ellos habrán podido lanzarse al campo de la guerra civil o religiosa para defender las excelencias del sistema central, monárquico o federal; ellos habrán podido destrozarse para sostener o atacar la inmunidad de los bienes eclesiásticos y las leyes de reforma dadas por Juárez; ellos habrán agitado a la república para derrocar a un gobernante y elevar a otro; ellos en fin, se habrán subdividido en facciones personales llenas de odio, y en facciones locales mezquinas y turbulentas, pero, en tratándose de la Virgen de Guadalupe, todos estos partidos están acordes y, en último extremo, en los casos desesperados, el culto a la Virgen mexicana es el único vínculo que los une. No es ésto todo: la profunda división social que se produjo naturalmente a causa de la conquista española y la consiguiente clasificación de razas y castas que estableció el dominio colonial y que no ha sido posible extirpar en tan poco tiempo, desaparece también solamente ante los altares de la Virgen de Guadalupe. Allí son iguales todos: mestizos e indios, aristócratas y plebeyos, pobres y ricos, conservadores y liberales... El obispo español Juan de Zumárraga y el indio Juan Diego, que comulgaron juntos en el banquete social con motivo de la aparición, se presentan en la imaginería popular arrodillados ante la Virgen en la misma grada".

Al principio, los indios celebraban la fiesta el último domingo de noviembre, con la participación de unos 26,000 indios, entre danzas y colorido, según dicen P. Clavijero ("Breve Noticia") y P. Esteban Antícoli (varios artículos). Los españoles la celebraban el 12 de diciembre, con la presencia del virrey, las órdenes religiosas, y fuegos artificiales.

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