| La
Liturgia renovada pide que los templos tengan un solo altar, dirigido hacia
el pueblo, que sea el centro de atención de la asamblea, por ser
ara del Sacrificio y mesa del Banquete eucarístico.
En
nuestro templo parroquial teníamos un fenómeno raro. El altar
consagrado, pegado al ciprés del retablo, no se usa como altar de
la Eucaristía. Y el altar de la Eucaristía era provisional,
5 piedras de cantera rosa sin pegar, y no consagrado. El labrado de cantera,
aunque bello, no sintonizaba con el resto de adornos del retablo.
El
altar es el corazón de la iglesia, su punto central. Por la dignidad
del Misterio eucarístico, conviene que sea fijo al suelo y consagrado
por el obispo, para destinarse establemente a la celebración del
Misterio Pascual de Cristo. El altar es un signo de Cristo mismo, que es
a la vez víctima, sacerdote y altar de su propio sacrificio.
Dice
la Introducción al Ritual de la Dedicación de un altar: “Cristo
el Señor, al instituir, en el signo de un banquete sacrificial,
el memorial del sacrificio que estaba por ofrecer al Padre en el altar
de la Cruz, convirtió en sagrada la mesa en torno a la cual debían
reunirse los fieles para celebrar su Pascua…
Conviene
a la dignidad del misterio eucarístico que haya un altar establemente
destinado a la celebración de la Cena del Señor. El altar
cristiano es, por su misma naturaleza, ara del sacrificio y mesa del banquete
pascual…
El
altar es, por tanto, en todas las iglesias, el centro de la acción
de gracias que se realiza en la Eucaristía, y a este centro de algún
modo se ordenan los demás ritos de la Iglesia…
Por
el hecho de que en el altar se celebra el memorial del Señor y se
distribuye a los fieles su Cuerpo y su Sangre, los escritores eclesiásticos
descubrieron en el altar un signo de Cristo mismo. De ahí la conocida
afirmación de que el altar es Cristo” (nn. 154-155).
Esa
centralidad del altar, figura de Cristo, que es ara, sacerdote y víctima
de su propio Sacrificio, debe aparecer incluso fuera de la celebración
litúrgica. El polo del espacio sagrado en torno al altar debe tener
todos los elementos ordenados para una acción articulada y jerárquica.
En
la antigüedad, el obispo era el centro: sacerdote que ofrece a Dios
la Eucaristía. El aspecto material de las ofrendas estaba más
oculto que acentuado. La mesa en que se colocan, en un primer momento,
se consideraba un mero expediente necesario desde el punto técnico.
No era propiamente un altar, en el sentido de las religiones paganas, por
el cual se santificaba la ofrenda y el tocado la divinidad tomaba posesión
de ella. Nuestra ofrende en sí es sagrada.
Entre
el siglo III y IV el altar no formaba parte de la estructura de una iglesia,
sino era una mesa de madera que los diáconos llevaban al momento
de la ofrenda y la anáfora. Al aumentar la conciencia del valor
de la ofrenda material, se requirió altar fijo. En el siglo IV ya
es una norma que se constituya de piedra. El Oriente y en muchas partes
de Occidente, mirando hacia el oriente, igual que el pueblo; en las más
antiguas basílicas romanas, dirigido hacia el pueblo, pero no en
medio de él. Se considera que el sacerdote precede y guía
a los fieles, y hace cabeza ofreciendo a Dios las oraciones y el sacrificio.
Poco
a poco el altar se fue recorriendo hacia el fondo, teniendo la pared del
ábside como ambiente de altar, alejándose del pueblo. Progresivamente,
de una sencilla mesa digna, para celebrar el sacrificio convivial, se llenó
de reliquias, ornatos, candeleros, que desviaron su significado e importancia.
Después,
al multiplicarse las Misas y capillas, se multiplicaron los altares. Existía
en cada iglesia el altar mayor, o principal, y otros secundarios. Y no
faltó algún “altar privilegiado”, por la concesión
de indulgencia plenaria a favor de un difunto por quien se aplique la Misa,
“a perpetuidad”.
Con
la reforma litúrgica del Vaticano II se pide un único altar,
que reúna a la asamblea de los fieles como un solo Cuerpo, signo
del único Salvador y de la única Eucaristía de la
única Iglesia.
Y nos
recuerda ciertos principios: Cristo es el altar de su propio sacrificio.
También el cristiano es un altar espiritual. El altar es la mesa
del sacrificio y del Banquete Pascual. El altar es signo de Cristo y centro
del edificio, si no geométrico, sí visual y psicológico,
que atrae espontáneamente la atención, por la armonía
del conjunto.
Aquí,
el altar consagrado, integrado en la estructura del templo, no se usa para
la celebración. Hacemos la Misa de frente al pueblo, para que éste
pueda seguir el rito y participar. Y se improvisó, primero una mesa
de madera, y luego este altar de piedra, pero de carácter provisional.
Propiamente no había un altar único, sino dos, desde distintos
ángulos cada uno tenía su verdad.
Desde
el año de la Eucaristía quisimos una solución ya estable,
para el altar y la sede presidencial, acorde con la estructura del presbiterio.
Pero no fue posible por motivos económicos.
Ahora
que unas familias se han ofrecido a donarlos a la comunidad, encargamos
a Canteras Iñiguez su proyecto y elaboración, con el fin
de estrenarlos y bendecidlos para las fiestas de enero. Valoramos así
convenientemente el signo central del altar.
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