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Nos falta describir lo mejor del templo, es decir, el pueblo que se congrega para alabar al Señor. En efecto, la Iglesia, asamblea de los discípulos del Señor, reuniéndose para celebrar los Misterios divinos, crea un espacio sagrado, que se plastifica en una estructura arquitectónica. Por eso el nombre de dicha asamblea designa también el templo al llamarle iglesia. En el templo o iglesia hace pausas reconfortables enmedio de su arduo camino hacia la Patria. Ahí reflexiona sobre su identidad, sobre la autenticidad de su culto, sobre la seriedad de su empeño eclesial, sobre la verdad de su adhesión a Cristo. El templo es signo de su identidad y de su presencia en la sociedad. Así pues, lo mejor del Valle de Guadalupe es su gente. Es su principal patrimonio para construir su futuro. Los fieles, formando un solo corazón y una sola alma, celebran el Misterio Pascual de Cristo, haciendo presente su alabanza y su santificación. Sin la presencia orante del pueblo de Dios, el templo sería un edificio frío y muerto, con la paz de los sepulcros. Ya las primitivas comunidades se congregaban para la escucha de la Palabra, la oración, la Eucaristía y las oraciones (Hechos 2,42.47), tienen prescripciones para sus asambleas (1 Corintios 11 y 14; Santiago 2,1-4), y se les recomienda no abandonarla (Hebreos 10,25), ya que el domingo es una institución del Señor. La asamblea es un signo sagrado. Evoca la asamblea del antiguo pueblo de Dios en el desierto para realizar la Alianza (Deuteronomio 4,10; 9,10; 18,16; Exodo 19-24). Recuerda las convocaciones especiales del pueblo: dedicación del templo por Salomón (1 Reyes 8; 2 Crónicas 6-7); la gran Pascua de restauración del culto cuando Ezequías (2 Crónicas 29-30); la renovación de la Alianza cuando Josías (2 Reyes 23); al regreso del exilio (Nehemías 8-9). La Iglesia de Cristo es la asamblea del nuevo pueblo de Dios (LG 9-13). Cristo vino a reunir a los hijos de Dios dispersos (Juan 11,52) en una Iglesia (Mateo 16,18). Es un pueblo sacerdotal (1 Pedro 2,4-10; Exodo 19,6; Isaías 61,6). La reunión de cristianos en la celebracion es una manifestación viva de la Iglesia de Cristo (LG 26). Sólo se descubre por la fe. Es la implantación local de la Iglesia en este lugar. Es Dios quien convoca a su pueblo. Dios tuvo la iniciativa de salvarnos, y pone a nuestro alcance el Sacrificio de Cristo, ofrecido de una vez para siempre. El se hace presente en la asamblea (Mateo 18,20). Esta asamblea terrestre prefigura la asamblea del cielo (SC 8; Apocalipsis 1,6; 5,9-10; 20,6). La presencia de Cristo es la prenda, anticipación de su retorno glorioso que esperamos con firme esperanza. En el templo, para las celebraciones, se sientan juntos y comparten la misma fe y plegaria los campesinos, las amas de casa, los deportistas, los estudiantes, los buenos y los delincuentes; las familias, los niños y niñas, los ancianos; albañiles, costureras, comerciantes, personas con discapacidad, maestros, políticos, etc. Conviven en el mismo espacio y realizan la misma acción tanto la generación pasada, que vivió la pobreza y el sacrificio para dejar a sus hijos algo mejor; como también las nuevas generaciones, que viven una situación mejor pero la valoran poco porque no les ha costado, y se aventuran por las experiencias ambiguas de los países desarrollados. Cristo ha destruido en su Cruz todas las barreras que nos separan (Efesios 2,14) y nos hizo uno en Cristo por el Bautismo y la Eucaristía (Romanos 10,12; 1 Corintios 12,13; Gálatas 3,28; Efesios 2,19; Colosesnses 3,11). Conviven situaciones de pobreza y marginación, junto con el estilo americano de la globalización. A la vez coexisten arraigadas tradiciones campiranas o provincianas ancladas en un pasado y con miedo al futuro, y también nuevas formas de comunicación y confort; por ejemplo, la charrería, el beisbol, viajar en la "burrita" y defender la religión, junto con el internet, los teléfonos celulares, las tarjetas de crédito o diversas credenciales, y la "new age". La asamblea manifiesta un pueblo en fiesta por la obra salvadora de Cristo. La Iglesia pide una participación plena, consciente, activa, en las celebraciones, para aprovechar sus frutos. La acción litúrgica es un signo a través del cual la fe nos va llevando hasta el Misterio divino. No es un acto mágico, sino un encuentro personal con Cristo. La función del templo es acoger a la asamblea, que es la Iglesia liturgicamente en acción. El edificio litúrgico es un símbolo de la Iglesia. Presenta sintetizada la historia del pueblo eclesial. En el aula cultual la asamblea se reune, no estaticamente, sino en movimiento y acción. En la asamblea del templo parroquial de Valle de Guadalupe predominan las mujeres. No sólo porque es mayor su numero, y por temperamento son más inclinadas a lo religioso, sino también porque la mujer sigue siendo la pieza clave del engranaje familiar en este lugar, a pesar de los pocos proyectos de apoyo. La procedencia de la mayoría es campesina, aunque vivan en el pueblo. El trabajo del campo es ingrato: siembra, cosecha, heladas, granizos, sudores, deudas. Pese al amor a su tierra, han debido abandonar el campo. Pero, en la oración común, los lejanos se hacen presentes y muy cercanos. La oración no se encierra en los presentes, sino se extiende para abarcar a toda la Iglesia y toda la humanidad. Muchos se van al país del norte, llevando su gran potencial de lucha, tenacidad, deseos de superación; envían dólares, pero a veces también dolores. Pueden alcanzar un mejor nivel de vida confortable, aunque a costa de grandes trabajos, siempre secundarios, y hasta para ayudar a su familia. De hecho, son la base de la economía de Valle de Guadalupe. Pero pocos son los que pueden regresar a su añorado terruño. Otros se desbarrancan por las pendientes del vicio. Vienen mucho para las fiestas patronales, pero muy pocos se integran en la asamblea litúrgica del pueblo. Los varones en general son los grandes ausentes: sólo se hacen presentes en alguna boda o funeral. Y les siguen los adolescentes y jóvenes, con escasa asistencia aún dominical. No son muchas las opciones abiertas, a corto y largo plazo, para ellos. Y sí son muchas las amenazas a su libertad, empujándolos a las adicciones, corrupción, violencia o falta de sentido de la vida. En general, es gente buena, conservadora, un tanto ingenua, prácticos, sin mucho sentido crítico, con idea un tanto comercialista de la religión, buscando compensaciones, o poniendo precio a los favores. Aunque no faltan los "francotiradores", que con el pretexto de la democracia, libertad de expresión y sentido crítico, están en contra de todo y a favor de nada, y sólo se hacen presentes en momentos conflictivos intentando controlar todo y descalificando a todos. La Iglesia es una comunidad ministerial, y en la asamblea deberían aparecer las diferentes funciones que se ejercen en el pueblo de Dios. Tenemos los equipos pastorales básicos para las tareas fundamentales y las prioridades; y contamos con 14 ministros extraordinarios de la sagrada Comunión. Pero los servicios siguen acaparados por un corto número de personas. El pueblo aún no se siente corresponsable de las actividades de su comunidad. Hemos
entrado al tercer milenio con un rumbo claro, en el proceso de la Nueva
Evangelización, con nuevos métodos, empresas y actitudes;
y cuesta trabajo la transición. Muchos parroquianos han apoyado
nuestras empresas y desean caminar por estos rumbos hacia la conquista
de la Tierra Prometida. Que la Santísima Virgen de Guadalupe siga
siendo la aurora del mundo nuevo que implantó Jesucristo mediante
su Cruz.
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