PRESBITERIO
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Al lado norte, sobre la puerta: La Guadalupana en la Gloria de Bernini
de la Basílica de San Pedro, composición fotográfica,
con la leyenda: "Santa María de Guadalupe en el Trono del Bernini
al celebrarse en Roma el Patronato Guadalupano en favor de la América
Latina, pontificando el Excmo. señor arzobispo de Guadalajara D.
Francisco Orozco y Jiménez, año de 1933". El clima de
tensión al terminar la Persecución Religiosa en México,
no había permitido celebrar el IV centenario de las Apariciones
con toda la pompa que se hubiera deseado. Y se decidió celebrarlo
también en Roma. El 12 de diciembre de 1933, el Papa Pio XI asistió,
junto con toda la Capilla Papal, a la Misa Pontifical celebrada en la Basílica
Vaticana, presidida por el arzobispo de Guadalajara, acompañado
de los obispos de Sinaloa, Tulancingo, Campeche, Querétaro, Morelia,
México, y representantes de España, Filipinas y los países
de América Latina. En el retablo barroco del altar mayor papal,
conocido como la Gloria de Gian Lorenzo Bernini, en el lugar del vitral,
rodeado de las nubes, se colocó la imagen de Nuestra Señora
de Guadalupe. Por la tarde se haría un paseo por las calles de Roma
con la Imagen, y una iluminación nocturna de la Plaza de San Pedro.
- Al
lado sur, muy deteriorado: El procurador de las tres gracias (P.
Francisco López mostrando a Benedicto XIV una imagen pintada por
Cabrera), de Salomé Pina (1895), con la leyenda: "Momento en
que S. S. Benedicto XIV aplica las palabras del Salmo 147: 'Non fecit taliter
omni nationi' a la Santísima Virgen de Guadalupe. Año de
1754". El jesuita P. Juan Francisco López con plenos poderes
fue a Roma a gestionar la confirmación del Patronato, y los tres
privilegios litúrgicos: la Misa, el Oficio y la fiesta de precepto.
No halló en los archivos las peticiones anteriores. El Papa Benedicto
XIV escuchó atento el relato. Al llegar al punto en que Juan Diego
despliega la tilma ante Zumárraga, tomó el lienzo en el cual
Miguel Cabrera había pintado la Imagen de la Guadalupana y dijo:
"He aquí, Padre santo, he aquí cómo la Virgen Madre
de Dios se apareció a los mexicanos". El Papa preguntó: "¿Así
es?". Y él contestó: "No es así, Beatísimo
Padre, porque aunque esta copia esté sacada por el más diestro
pincel de México, no es sino un borrón, comparada con el
divino original". Y el Papa emocionado exclamó con el salmista:
"No ha hecho nada igual con ninguna otra nación"; y ordenó
a los organismos implicados agilizar los trámites pertinentes. Al
no hallarse Oficio y Misa, a un vocero de libros viejos le compraron el
Libro de la Relación de Mons. Anastasio Nicoselli. La Bula de confirmación
del Patronato se expidió el 25 de mayo de 1754.
- Al
frente, en el tambor encima del retablo, es decir, entre la concha-frontón
y la bóveda, está la pintura anónima de la Coronación
de María como reina del cielo y de la tierra. Como bellamente
describe San Alfonso María de Ligorio, postrada ante la majestad
de Dios, hija del Padre, madre del Hijo y espejo del Espíritu Santo,
recibe las alabanzas de su Hijo Jesús: "Ven, amiga mía, paloma
mía, hermosa mía, ven aprisa, ven. Ya pasó el invierno,
deja el valle de lágrimas, donde tanto has sufrido por mi amor,
y ven a recibir en cuerpo y alma el premio de tu santa vida; ven a gozar
la gloria que te tengo dispuesta; ven a sentarte cerca de mí; ven
a ser coronada como reina de todo el universo". Y los ángeles prorrumpen
en alabanzas. Luego todos los santos le van dando la bienvenida: las vírgenes,
los apóstoles, sus padres Joaquín y Ana, Zacarías
e Isabel, San José, Juan Bautista, los patriarcas y profetas. El
Padre la coronó poniendo en sus manos el poder, el Hijo la sabiduría,
y el Espíritu Santo el amor. Tan cerca de Dios, irradia su
gloria. Y así, en lo más alto del templo, es un emblema de
toda la asamblea reunida en el templo. Toda la liturgia, especialmente
la Eucaristía, es oración que la Iglesia dirige al Padre
por Cristo en el Espíritu Santo. La Misa dominical y la caridad
es la expresión de nuestra sumisión amorosa a Cristo, nuestro
maestro y salvador. En torno al altar nos congregamos para ser signo de
la amistad de Dios con su pueblo y de las buenas relaciones entre nosotros
y con la asamblea celestial. Damos todos culto a Dios, intercedemos unos
por otros, y damos el servicio del testimonio recíproco. En la celebración
se unen el cielo y la tierra en una misma alabanza, y Dios reitera su bendición
en Cristo, hasta coronarnos en su perfección. Ahora participamos
de la comunion del Cuerpo y la Sangre de Cristo, aceptando el Pan que el
Padre nos ofrece, que consiste en el don que Jesús hace de sí
mismo para nuestra salvación, a fin de que tengamos vida en plenitud.
Esa vida en plenitud es una realidad en la Santísima Virgen María,
y será una realidad en nosotros si, como ella, nos dejamos transformar
por el Espíritu.
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