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La Nave es el espacio destinado al pueblo, el lugar donde se reunen los fieles como conjunto de creyentes y comunidad de hermanos para compartir y celebrar la fe y la salvación. En ella se expresa la asamblea con movimientos y expresiones ordenados. Por eso el cuerpo del templo se denomina: "nave". Parece una nave, cuya fachada es la proa. La Iglesia navega entre pasiones y persecuciones. El presbiterio es la popa, lugar donde se asienta el mando. El techo es la caridad que cubre una multitud de pecados y cobija a los hijos de la Iglesia. Todo el conjunto recuerda la barca de Pedro y el arca de Noé. En nuestro templo aún se conserva la costumbre de reservar el lado sur a las mujeres y el lado norte a los hombres, que se hacía por razones prácticas y simbólicas. Ya que del costado de Cristo, nuevo Adán dormido en la Cruz, salió la Iglesia, nueva Eva, se reserva el lado izquierdo a las mujeres. En la alta Edad Media en ese lado se construia en ambón, ya que recordaba el sepulcro vacío, desde el cual el ángel anunció a las mujeres la buena noticia de la Resurrección, centro del kerygma. Todo el muro de la nave en su derredor tiene un amplio guardapolvo de lozas cuadradas de granito color crema de 1.20 de lado, para proteger de las humedades y el salitre a causa del tepetate en que se asienta. Como los ministros y el coro forman parte de la asamblea litúrgica, su lugar debe estar en comunicación con la nave, con fácil acceso a la Comunión. Esto es difícil de lograr en nuestro templo, sin posible solución arquietectónica. Las
bancas
Todas están mirando hacia adelante, de suerte que el pueblo pueda estar viendo el altar, el ambón y la sede. Separadas de la pared a los lados, y con una amplia callecita al centro, permiten que la gente pueda circular libremente y acercarse a comulgar sin dificultad. Dejan espacio suficiente entre una y otra, a fin de que los fieles se arrodillen y puedan estar de pie, que es la postura litúrgica, sin subirse a la hincadera. Jorge Romo dice que las primeras bancas fueron donadas por Doña Albina Barba. En el Libro de cuentas aparecen pagos por bancas en diciembre de 1935 y enero de 1936. Eran 27 bancas en el Inventario de 1941. Parece que eran de fajillas de madera sobre bases de hierro. Las actuales las donaron Ramón Rodríguez Díaz de Sandi y Gorgonia Gutiérrez, en sus bodas de plata, y eran 50, según dice Jorge Romo, junto con unos candiles. No tienen ninguna indicación de donadores ni fechas. Las hincaderas están acojinadas. Estaban muy deterioradas, su madera bastante desgastada ya no permitía pulirse, y ya no cabían más leyendas y figuras que le hacían los visitantes. A iniciativa de Celsa Franco y el equipo de Liturgia se arreglaron en el 2001 a base de lacas, y las bendijo el señor obispo Javier Navarro Rodríguez el 12 de enero del 2002. Sonido:
Las bocinas, colocadas junto a las pilastras, desentonan con el conjunto arquitectónico, pero no hay otra forma de colocarlas. Estaciones
del Via Crucis:
Cruces
de la Dedicación.
Incrustadas en las pilastras cilíndricas, en cantera rosa pulida, son como una cruz aureolada estilo flabellum. Indican, pues, los lugares en que, el día de la Consagración del templo, recibiera la unción con el Santo Crisma, símbolo del Espíritu Santo y evocación de la Confirmación de los cristianos. No se notan ya los rastros del Crisma. Debajo de cada Cruz está un artístico arbortante o portacandelero de pared, de hierro dorado, con la vela correspondiente para la iluminación, del cual penden hermosos prismas de cristal cortado natural que le dan un hermoso brillo tornasol. Fueron renovadas y completadas en el 2000, por donativo de Antonio Casillas y familia. Puerta
principal
A María la invocamos también como puerta del cielo, muro de separación entre justos y condenados. Por su unión con Jesús y la eficacia de su intercesión. La entrada a la iglesia, para las celebraciones, está abierta a todos, y es libre y gratuita. Con todo, recuerda nuestra disposición: que nada inmundo entre al santuario (Apocalipsis 21,27; 22,14). La puerta mayor del templo parroquial de Valle de Guadalupe mide 6:10 metros de altura por 3:40 de ancha. La anterior era de tres maderas: encino en su mayoría, con algunas partes de cedro y pino. Tenía dos hojas, con páneles amplios sin ningún relieve, y con dos angostas y bajas aberturas para el ingreso ordinario. Quedaba una moldura sobrepuesta en el panel superior central de la hoja norte, posible indicio de adornos que tuvo algún tiempo. Tenía varios parches de pino, sobre todo en el sostén central y la trabe, con los remaches de hierro por fuera. Estaba muy deteriorada, salida de gozne por el lado sur porque la madera ya se carcomió, vencida, sin poder abrirse, estando la hoja sur sostenida solamente por una aldaba que la sujeta a la otra hoja. Unas trancas de mezquite en la esquina del dintel, reforzaban un poco ante el peligro de caer sobre el cancel, o sobre la gente. La puerta original del templo no se conserva, pues en las Actas de la Visita Pastoral del 13 de enero de 1925 se pide al párroco J. Isabel García Armas que cambie la puerta, ya que no ofrece seguridad para el Santísimo. En la visita Pastoral del 12 de febrero de 1968 se pide al señor cura Rafael Pérez que arregle la puerta, pues está vencida. Posiblemente el vicario sustituto Rufino Gutiérrez ordenó los parches de la puerta. Se colocó la puerta nueva de mezquite el 23 de julio del 2002, con mayor facilidad de acceso a los ancianos, al no tener que brincar una trabe, sólo le faltarían los remaches forjados en yunque. Presantuario
Salvo la grada que quedó al quitarse el comulgatorio, el templo parroquial de Valle de Guadalupe no tenía Pre-Santuario. En octubre de 1999, al ampliar el presbiterio, se colocó la actual tarima sacramental, cubierta con vitropiso, por falta de suficiente mármol. Por lo irregular de la planta del templo, quedó oblicua con relación a la nave, aunque paralela al límite del presbiterio. Los trabajos fueron realizados por Mariano Jiménez. Es el lugar del comentador y de la celebración de sacramentos. Consiste en una grada ceremonial, una tarima frente al presbiterio para los actores de los sacramentos, el monitor, el director de coro, y otros servicios. Pretende ofrecer un lugar digno para una celebración digna y participativa. Es la delimitación de los espacios y esferas. Como canta el "Querubikón" oriental: "En los umbrales del santuario dejemos toda solicitud mundana". Es la iniciación gradual en el ascenso hasta el monte Santo, el altar de Dios. Planta:
La cruz latina representa a Cristo crucificado. Los templos adoptaron esa planta para simbolizar que la Iglesia que se reúne en asamblea es Cristo. Expresa a la vez la redención del género humano y el triunfo de la fe evangélica. Los trazos de la cruz unen lo horizontal con lo vertical, es decir, el mundo con la trascendencia, indicando así el centro del mundo y la fuente de la energía o de la vida. La ciudad regia tiene forma de cruz porque sus soldados imitan a Jesús, crucificando su carne con sus pasiones y malos deseos, y lo encierran en el Sacrificio Eucarístico, memorial de la Cruz. En el interior, a lo largo de los muros, corre un entablamiento, con arquitrave de dos bandas, y friso adornado con bajorrelieves de bellas guías vegetales en la cantera blanca, y un saliente en la parte superior, que apoya su cornisa moldurada, la cual remata en una bella balaustrada de cedro que circunda el templo. Su cornisa general y la cornisa de su cúpula recuerda la corona de espinas que ciñe a Cristo místico. Los pilares expresan los soportes de la fe: la predicación apostólica y los dogmas. Está elevada, porque es necesario subir: al monte de las bienaventuranzas, al Tabor y al Calvario. El presbiterio es la cabeza del cuerpo humano; los cruceros son los brazos; las naves el tronco; el altar, el corazón. "Ustedes son el Cuerpo de Cristo, y miembros unos de otros" (1 Corintios 12,27; Romanos 12,5). "Un solo Cuerpo y un solo Espíritu, como también una sola la vocación a la que ustedes han sido llamados. Un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos que está sobre todos, por todos y en todos" (Efesios 4,4-5). El templo está orientado hacia el levante u oriente. Dice el salmo: "Dios asciende al cielo por el oriente" (Salmo 67,34), y Cristo retornará por el mismo lugar por donde ha subido (Hechos 1,11). En el cercano oriente está Jerusalén, tierra donde vivió Cristo, escenario de la predicación y milagros, lugar de su Muerte y Resurrección y del nacimiento y expansión de la Iglesia católica (Lucas 24,47; 18,31; Hechos 1,8). En la Biblia se le considera el punto donde sale el sol y donde regresará Cristo con poder (Mateo 24,27). Cristo es el sol que nace de lo alto y sale a salvar a su pueblo (Salmo 19,5-6; Malaquías 4,2), y es el Oriente (Zacarías 3,8). Por eso los cristianos dirigían su oración vueltos hacia el oriente, punto cardinal donde sale el sol. La cornisa del templo significa el orden santo del mundo y muestra el sello de Cristo, el Dios crucificado, conteniendo en su interior a la asamblea cristiana. La imposta o arquitrave de la cornisa está decorada con un friso de filigranas de flores, racimos de hojas, en bellas guías estilizadas, de simbolismo mariano, y el geison superior con unas dendritas. Esta molduración hace un juego de luces y sombras que le da un toque barroco. La cornisa tiene barandal de cedro pintado color hueso, recientemente renovado gracias al impulso del Equipo de Liturgia y al donativo del Club Valle en Santa Mónica. Lo realizó Rodrigo Barba Gutiérrez. Las 12 pilastras de cantera, columnas de media caña, son símbolo de los doce apóstoles y sus sucesores los obispos, que sostienen la estructura de la Iglesia (Efesios 2,20; Apocalipsis 1,14; Gálatas 2,9), así como también de lo humano que alcanza lo divino. Nos dan la sensación de estar en el jardín de la Resurrección, o en el edén paradisiaco, entre palmeras de dátiles, olivos, almendros; o de ir pasando por una alameda de árboles plantados junto al agua que arrancan desde el suelo de nuestros problemas y suben hasta el cielo. "A una y otra margen del río hay árboles de vida, que dan fruto doce veces al año, una vez cada mes, y sus hojas sirven de medicina para los gentiles" (Apocalipsis 22,2). Sus capiteles son apenas retoños, esperanza de fruto aún no visto, florecimiento precoz al regresar la primavera, aunque el frío del invierno lo invada todo. Parecen árboles tallados, y sin embargo, florecen. "El justo es como un árbol plantado junto al agua" (Salmo 1,3). La Historia de la Salvación es un largo recorrido desde el árbol del paraíso, el de la caída, hasta el árbol de la Cruz, el de la vida. "Al vencedor le daré de comer del árbol de la vida, que está en el paraíso de Dios" (Apocalipsis 2,7). El justo crece como la palmera en la casa del Señor, aun vieja da sus frutos y conserva su savia y su verdor, proclamando la rectitud del Señor (Salmo 92,13-15). Como en tiempos de Débora, la justicia se imparte bajo las palmeras (Jueces 4,5); o como en las fiestas de las tiendas descansamos bajo su sombra. Todo le da el simbolismo apocalíptico de la Iglesia redimida, descendiendo del cielo como una esposa engalanada para las Bodas del Cordero, con dimensiones perfectas; nuevo Praíso y jardín de la Resurrección. Los Padres de la Iglesia han aplicado a María estas figuras bíblicas en sentido alegórico, en cuanto contuvo en sí al Verbo divino. Bóvedas:
Sostenidas por arcos de medio punto, sus dovelas arrancan de unas repisas que sobre el entablamiento del interior del templo en el cual se apoyan en la cornisa. Esta descansa sobre pilastras cilíndricas, como columnas de media caña, dóricas, empotradas en la pared, que le dan elegancia y esbeltez. En la convergencia de las nervaduras al centro de la bóveda tienen una elegante clave pinjante de cantera con la moldura artística de una flor de ocho pétalos, símbolo cristológico de la nueva creación por la resurrección de Cristo. También los arcos fajones tienen como clave una especie de flor de agua que sugiere varias figuras: concha, flor de liz, fuente de agua, gavilla viva, símbolo de María que nos da a Cristo. Los antiguos mexicas, a la sangre con que los dioses engendraron a los hombres, le llamaban: Agua de Dios, Agua de Flor, Agua de Jade (joya líquida), Agua de Vida. Y a los períodos de 52 años le llamaban: Gavilla de años. Bóveda viene del latín "volvita": lo que da vuelta. Es la construcción formada de piedra destinada a cubrir un espacio vacío comprendido entre muros y pilares que le sirven de sostén. Recuerda la sombra del Espíritu que cubrió a María (Lucas 1,35), la nube que cubría la tienda del encuentro en el desierto o que cubria el templo en Jerusalén, símbolo de la presencia de Dios (Exodo 40,34; Números 9,15; Deuteronomio 31,15). Es una efusión de Espíritu Santo que desciende de lo alto y cubre a la comunidad. Pendiendo de cadena entera, bajo la cúpula, desde la linternilla, está un gran candil dorado de sala versallezca, de tres cuerpos marcados por aros que van del más grande en la parte inferior al más pequeño en la parte superior; están adornados con unos finos tilines de piezas como cristal, y de ahí salen los 24 arbortantes con los focos en forma de flama, de los cuales penden algunos prismas de vidrio cortado. Parece la zarza ardiente de la revelación de Dios a Moisés. Hay otros dos candiles de templo pendiendo de las dos bóvedas de la nave, a la altura del copete de los murales. Y dos en los cruceros, más pequeños, y más bajos que el friso de los altares laterales. Ya desde las primeras comunidades encendían una multitud de lámparas en el aposento alto donde se reunían para la celebración (Hechos 20,8). La luz en lo alto nos recuerda la vigilancia amorosa de Dios: "Alza sobre nosotros la luz de tu rostro" (Salmo 4,6; Santiago 1,17). También las promesas de Dios: "Alza la vista y, si puedes cuenta las estrellas: así será tu descendencia" (Génesis 15,5). También nos recuerda que Cristo es la luz del mundo, y quien le sigue no camina en tinieblas sino que tiene la luz de la vida (Juan 8,12); "la luz brilló en las tinieblas, y las tinieblas no la acogieron" (Juan 1,5). La luz en el altar y en el templo es símbolo de la luz divina, de la presencia de los ángeles, de la fe, y de la fiesta por la obra salvadora de Cristo. Ventanas:
Son más anchas en el interior, pues el corazón se dilata a la vista de lo sagrado, y se dispone a captar con inspiración las verdades mayores. Por eso son oblicuas. Son las puertas de la vida, como los sentidos del cuerpo, que nos ponen en comunicación con el exterior. Por dentro tienen un marco adornado con molduras de cantera, y una juguetona figura curveada en el dintel, tipo penacho, que le da mucha vida. Las ventanas nos permiten la entrada de la luz del sol, y Cristo es la luz (Juan 8,12). Permiten también la salida de la luz interior cuando hay tinieblas en el exterior, como el testimonio cristiano (Mateo 5,14-15) que consiste en vivir la justicia (Isaías 58,8-10). Recuerda la contemplación de las cosas divinas, pues somos hijos de la luz (1 Tesalonicenses 5,5). Jesús dijo que los ojos son las ventanas del alma (Lucas 11,34; Mateo 6,22-23). La ventana del coro, que da hacia el frente, tiene un vitral de Nuestra Señora de Guadalupe, con la bandera mexicana a un lado, predominando el color rojo. Fue donado por el equipo de Liturgia, con la ayuda de varios bienhechores, y colocado en 1999. En el 2002 fue restaurado y se le puso vidrio de protección, ya que con varios anuncios se había golpeado, perdiendo piezas. Lo colocó José Abraham Vázquez Zermeño, de Tepatitlán. Coro:
Coro viene del griego "joros": danza en corro, junta de gente para danzar, capilla musical. Es el lugar en la iglesia destinado al grupo de cantores y músicos; o el destinado a los canónigos que recitan el Oficio Divino. En el barroco se acostumbró colocar sobre el nártex, al estilo de las orquestas de los conciertos y óperas. El órgano es el rey de los instrumentos, el que más registros tiene, y el que mejor asemeja a la voz humana y la sostiene. Por tanto, es el instrumento musical que mejor puede acompañar las divinas alabanzas y crear la atmósfera espiritual propia de la celebración litúrgica y de los actos de devoción. Ciertamente entró hasta el siglo VII a la liturgia, a causa de su uso profano. Puede tener origen chino o hebreo. Pio XI dice: "Resuenen en los templos solamente los acentos del órgano, que expresen la majestad del lugar y respiren la santidad de los ritos" (Constitución "Divini Cultus" 20 dic. 1928). En el coro de Valle de Guadalupe no hay órgano tubular, que es el órgano pedido por la Liturgia: "Téngase en gran estima en la Iglesia latina el órgano de tubos, como instrumento musical tradicional, cuyo sonido puede aportar un esplendor notable a las ceremonias eclesiásticas y levantar poderosamente las almas hacia Dios y hacia las realidades celestiales. En el culto divino se pueden admitir otros instrumentos, a juicio y con el consentimiento de la autoridad eclesiástica territorial competente, siempre que sean aptos o puedan adaptarse al uso sagrado, convengan a la dignidad del templo y contribuyan realmente a la edificación de los fieles" (SC 120). En el coro del templo parroquial de Valle de Guadalupe está un órgano Hamond de dos teclados de tres octavas, y una octava en los pedales, como el de la Capilla del Seminario Mayor Diocesano de San Juan. Es aceptable para el uso litúrgico, ya que, aunque electrónico, tiene registros adaptados al sonido tubular, y ahora pueden adaptársele implementos computarizados. Fue adquirido en tiempos del señor cura Mariano Ramírez. El señor Rutilio Lozano y su familia donaron al templo de San Juan Bosco en diciembre del 2000 un gran órgano Helen, como el lateral de la catedral de San Juan y el del asilo de Tepatitlán conocido como "del Padre Charly", y colocado por el H. Ayuntamiento. Por agencias del presidente municipal Juan Francisco Aguinaga, pasó al coro del templo parroquial en agosto del 2001, donde sí es posible usar todos sus registros y explotar sus posibilidades. A cambio, se dejó una placa rememorativa. Las normas postconciliares piden que el coro se sitúe de tal manera que aparezca claramente que los cantores forman parte de la asamblea congregada, y que puedan participar de la Eucaristía, incluyendo la participación más plena que es la comunión sacramental. Y que el órgano y los demás instrumentos estén en el lugar apropiado donde puedan ayudar a los cantores y al pueblo y puedan ser bien oídos por todos. Pide San Pablo que al congregrase la asamblea entonen todos salmos, himnos y cánticos espirituales (Colosenses 3,16). Dice el Concilio Vaticano II: "el canto sagrado, unido a las palabras, constituye una parte necesaria o integral de la Liturgia solemne. En efecto, el canto sagrado y la música sacra tiene una función ministerial en el servicio divino. La música sacra será tanto más santa cuanto más íntimamente esté unida a la acción litúrgica, ya sea expresando con mayor delicadeza la oración o fomentando la unanimidad, ya sea enriqueciendo la mayor solemnidad los ritos sagrados... la finalidad de la música sacra es gloria de Dios y la santificación de los fieles" (SC 112). Y en otra parte: "El Sumo Sacerdote de la nueva y eterna Alianza, Cristo Jesús, al tomar la naturaleza humana, introdujo en este exilio terrestre aquel himno que se canta perpetuamente en las moradas celestiales. El mismo une a Sí la comunidad entera de los hombres y la asocia al canto de este divino himno de alabanza... Esta función sacerdotal se prolonga a través de su Iglesia, que, sin cesar, alaba al Señor e intercede por la salvación de todo el mundo... cuando por institución de la Iglesia cumplen debidamente ese admirable cántico de alabanza, entonces es en verdad la voz de la misma Esposa que habla al Esposo; más aún, es la oración de Cristo, con su Cuerpo, al Padre (SC 83-84). La función del coro o los cantores en las celebraciones va más allá de lo agradable y sensible. Es parte de la alabanza de la Iglesia, expresa a Dios las experiencias salvíficas de su pueblo, es una comunicación con Dios, facilita la expresión del Espíritu Santo, es una oración: "Cantar es propio del enamorado... El que canta, ora dos veces" (San Agustín). Se juntan el espíritu humano y el Espíritu divino, el individuo y la comunidad, en una misma alabanza. "El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad" (Romanos 8,26). Nártex:
"Ha bajado mi Amado a su jardín, a los macizos de las balsameras, el pastor de jardines a cortar azucenas. Yo soy para mi Amado, y mi Amado es para mí; él pastorea entre azucenas" (Cantar 6,2-3). "Azucena entre espinas es mi amada entre las muchachas. Manzano entre los árboles silvestres es mi Amado entre los jóvenes. Me agrada sentarme a su sombra, gustar el exquisito sabor de sus frutos" (Cantar 2,2-3). Al interior del templo, entre la entrada y la nave, en el sotocoro, está un artístico cancel de filigrana en madera, tipo mampara. Este muro misterioso y transparente tiene tres puertas: la de enmedio, de dos hojas, como la puerta regia que nos introduce directamente en la nave hacia el santuario. Y es flanqueada por puertas laterales discretas al norte y al sur, que asemejan a las puertas por donde pasan los sirvientes del rey, y son las que permiten la entrada ordinaria, ya que sólo se abre para las procesiones. A través de esa puerta real se vislumbra ya la visión del cielo, aunque a través de un enrejado. Es, pues, imagen de Cristo, a través del cual veremos los cielos abiertos (Juan 1,51). Entre un juego caprichoso de figuras artesanales, deja entrever el interior del templo, a través de los claros de cristal, creando una atmósfera de recogimiento. Sus modelos surgieron de estilizaciones de las imágenes del iconostasio oriental (en la puerta central: Cristo juez a la derecha; María-Iglesia a la izquierda; arriba la Eucaristía; en segunda fila al centro la ofrenda de la Cruz; en tercera fila los iconos de las fiestas litúrgicas; la cuarta los profetas; y la última los patriarcas). Es difícil relacionar sus figuras ahora. No tiene vitrales colores ni vidrios biselados. Al impedir la entrada directa a la nave, nos permite tomar conciencia de que entramos en un ámbito sagrado. Y a la vez amortigua los ruidos del exterior, y detiene un poco el polvo de la carretera y de la moledora de piedra. Con todo, los adornos del cancel no son un mero juego de curvas, rombos y quebrados que se entrelazan. Hablan de la Encarnación, la Redención y la Plenitud de Salvación en una lectura desde el estilo cosmatesco de los pisos románicos de Roma. El cuerpo más cercano a la puerta central presenta el simbolismo de María, con las letras M y A, y el origen del símbolo Jesús y el símbolo hombre, según el esquema de Leonardo Da Vinci. El cuerpo central habla de Jesús, con su doble naturaleza y el octavo día. Y el cuerpo de la orilla presenta al hombre estilizado en oración. Este muro transparente es el muro de la intercesión, y de los ángeles que nos introducen en la oración. Los marcos inferior y superior evocan la corona de espinas. El espino es lo no cultivado, lo no explorado, por tanto, lo virginal, más que lo punzante o doloroso. Es un símbolo mariano, pues los Padres de la Iglesia nos hablan de María como el jardín sellado e inviolado de los Libros Sapienciales (Cantar 4,12, en oposición a Génesis 3,18). Atravesando ese espacio de mar de fuego y cristal (Apocalipsis 15,2), fuego ardiente y renovador, entramos en otra dimensión de vida, que es la eternidad. Nos recuerda las enramadas a través de las cuales los judíos veían el cielo en la Fiesta de las Tiendas. O la bendición al pueblo dada por el sumo sacerdote cuando en la Fiesta de la Expiación salía del Santo de los Santos, una vez que a través de la reja había rociado el propiciatorio del Arca de la Alianza con la sangre de las víctimas, formando con las manos un entrerrejado, para expresar que la santidad de Dios no es directamente captada. "Eres jardín cerrado, hermana y novia mía; eres jardín cerrado, fuente sellada. Tus brotes son jardines de granados con frutos exquisitos, nardo, enebro y azafrán, canela y cinamomo, con árboles de incienso, mirra y áloe, con los mejores bálsamos y aromas. La fuente del jardín es pozo de agua viva que baja desde el Líbano. despierta, cierzo; llégate, austro; orea mi jardín: que exale sus perfumes. Entra, amor mío, en tu jardín, a comer de sus frutos exquisitos" (Cantar 4,12-16). No tenemos pilas de agua bendita que permitan a la persona que entra al templo renovar su Bautismo. Existe un cepo en la esquina; y un reclinatorio detrás del cancel, en el interior de la nave, para la persona responsable de velar el Santísimo. A cada lado de la puerta están unos tableros para colocar los avisos, y las publicaciones matrimoniales. No hay espacio para periódicos murales de animación de la comunidad; pronto colocaremos algo en el atrio. Tampoco hay espacio para folletos de oraciones, publicaciones, ni siquiera para la hoja dominical. No es un lugar apropiado para las fotografías de quienes salieron de una ceremonia. Desgraciadamente, muchos se quedan de costumbre ahí a escuchar la Misa. Piso:
Los pisos de mosaico del templo, de la sacristía y de las capillas, donde estaba el bautisterio, fueron bendecidos el jueves de la ascención, 25 de mayo de 1935, por el señor cura Teodoro García Armas. El área del templo tenía piso de mosaico pequeño en cuadros blancos y verdes, con un friso juguetón de adorno alrededor, como está el de la antesacristía o las capillas, haciendo juego con las filigranas vegetales del jardín paradisiaco. Sobre ese mosaico se colocó, en tiempos del señor Cura Mariano Ramírez, un piso de granito como el que estaba en el presbiterio. Y sobre ese granito se colocó el mosaico en forma de granito marmolíneo que tiene actualmente. El blanco le ha dado mucha claridad al templo. El vitropiso del presbiterio y de la grada sacramental se puso al ampliarse el presbiterio, en 1999, porque no había mármol suficiente en existencia. |
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