![]() |
||
|
Cristo es nuestro templo. Desde la Encarnación, el lugar físico de la presencia de Dios es Jesucristo. Culmina toda la presencia de Dios en el mundo y en el ser humano, con una excelencia inimaginable, y posibilita nuestro encuentro con El. Y Cristo vive, por la gracia, en cada cristiano, con lazos comunitarios. A Dios no lo localizamos estáticamente; su templo vivo es la comunidad viva, Cuerpo de Cristo, donde se da culto en Espíritu y en Verdad. Precisamente en la celebración se unen la fe celebrada en la asamblea y la fe vivida en la cotidianidad. Al consagrar a Dios el templo, los cristianos renuevan su consagración bautismal. El edificio material es testimonio de lo eterno y sobrenatural. Es un espacio vital de recogimiento y reunión. Dios no necesita templos, pero la comunidad-Iglesia sí necesita lugares de reunión para acrecentar su sentido de identidad y pertenencia. El templo es signo de la Iglesia, es el testimonio público de su presencia enmedio de la sociedad, y de su colaboración comunitaria, expresión de su carácter a la vez peregrino y estable. Es el centro religioso de una comunidad territorial, el punto de referencia de sus actividades, para sentirse y ser familia de Dios. Por eso al templo se le llama también iglesia, porque congrega a la Iglesia, y representa a la comunidad concreta; hace presente a la Iglesia universal y anticipa la celeste. Más allá del edificio, el templo es signo de la convocación y misión de la Iglesia, de la evangelización y la santidad que origina, de la asamblea litúrgica y el culto celeste. En el simbolismo cristiano, el templo es casa de Dios y puerta del cielo; es la Jerusalén celestial: sus muros son los santos; sus cimientos, los apóstoles; los fieles son piedras bien pulidas; sus puertas, las virtudes; es el lugar de oración, donde Dios escucha preferencialmente al pueblo que le llama y donde los sacerdotes imploran misericordia para el pecador. A la vez que se construye un edificio material, se va construyendo una comunidad espiritual. Como el obispo es el responsable que dirige la obra de todos, a él corresponde hacer la Dedicación o consagración del templo y del altar. El nombre de "Dedicación" no es propio del cristianismo. Ya en el paganismo «dedicar» significaba destinar, atribuir, ofrecer, inaugurar, y se aplicaba a templos, altares, el teatro o la ciudad. Tiene antecedentes en Israel, que dedica estelas (Génesis 28,18), altares (Números 7,10-11.84-88), casas (Deuteronomio 20,5). Pero sobresale la solemne Dedicación del Templo de Jerusalén (1 Re 8,1-66; Esdras 6,5-18; 1 Macabeos 4,36-59). La Fiesta anual de la Dedicación duraba 8 días, con procesión al canto del Hallel, iluminación de las casas, y ofrenda de sacrificios. En el cristianismo, desde el siglo IV se hizo común, como nos cuenta Eusebio en su Historia Ecclesiastica (10,2-4). Se comenzó en Jerusalén, luego en Roma, y de allí se difundió a toda la Iglesia. Originariamente la sola Celebración Eucarística convocaba en fiesta a los vecinos. La celebración del Memorial del Señor consagraba el lugar y la comunidad. Pronto se le fueron añadiendo algunos nuevos elementos simbólicos, como la colocación de reliquias, la unción, la lustración, y muy tardíamente la ocupación del lugar y el alfabeto sobre una Cruz de ceniza. Al
celebrar el 50º aniversario de la Dedicación del templo parroquial
en Valle de Guadalupe, presentamos este trabajo, con la esperanza de que
redunde en una renovación de nuestra vida cristiana.
|
||
|