| Terminamos
un año difícil e interesante. El Tsunami, los violentos huracanes,
y el incontrolable terrorismo, nos revelaron nuestra fragilidad. El actual
sistema cruje y hace sentir la necesidad de un cambio estructural. Esta
situación no es inevitable; es posible un mundo nuevo. Pero éste
no caerá del cielo. Nos toca configurarlo como sueño y proyecto,
poner a trabajar la imaginación, la fantasía, la esperanza,
la utopía, y dar pasos para provocarlo y darlo a luz.
Este
mundo nuevo posible no es protesta, sino propuesta, en el año electoral
que se avecina. Se trata de tocar el corazón del sistema, de los
poderes e instituciones que los posibilitan o impiden. Por al mundialidad
y comunicación que vivimos, todos somos afectados por los mismos
peligros, bajo el mismo sistema, que sin corazón empobrece a las
masas. Que no sea sólo un cambio de época, sino un cambio
de corazón, descubriendo en Dios el sentido de la vida y el horizonte
último de la historia.
El
vecino país del Norte, levantando su muro en la frontera buscando
nuevos sospechosos de terrorismo para justificar sus invasiones, pretende
ser el rector del mundo, anulando los nacionalismos. Es un sistema que
es capitalismo neoliberal globalizante, que antes denominábamos
imperialista. Todo el mundo organizado como un gran imperio en manos de
una sola nación.
La
democracia socializada no busca concentrar los bienes en un grupo, clase
o partido, sino compartir el sol y el pan, el aire y la técnica,
la tierra y la salud, la vida y la educación, la comunicación
y la solidaridad, la igualdad de oportunidades, de derechos y de responsabilidades.
Eliminamos así las causas del terrorismo, que es más poderoso
de lo que parece: el hambre, la marginación, la miseria, la exclusión,
la espiral de violencia y explotación, el imperialismo. Aunque parezca
la lucha de las hormigas contra el elefante, aquellas pueden matar al elefante.
Con
“guerras preventivas” Estados Unidos no tolera nada que amenace su terrorismo.
El desequilibrio económico mundial le favorece. La amenaza musulmana
nos afecta a todos. Los medios de comunicación dejan más
al descubierto sus tendencias, parcialidades y contradicciones, junto con
las de los hombres y grupos públicos.
Con
la muerte del papa Juan Pablo II “el Grande” terminó ese período
de la Iglesia de los movimientos, del triunfalismo religioso, del supermercado
y la imagen católica. Aunque el papa Benedicto XVI, continúa
su línea, aparecen los sectores marginales de la Iglesia, que sienten
ahogados sus procesos y acallados sus propuestas de cambio. El Papa y los
Organismos de la Curia Romana dan mensajes para todas las ocasiones, sin
saber si la humanidad escucha, o se adapta al mundo de hoy. Hay católicos
más conscientes que quieren entender, dialogar, valorar, ser críticos.
La
mayoría de obispos son conservadores, abocados hacia las situaciones
internas de la Iglesia, cuidadosos del orden y de evitar situaciones no
controlables. Los movimientos espirituales que más gente tienen
son integristas en su orientación, centrados en la clase media,
ausentes del mundo popular, poco críticos ante la situación
social, y no ofrecen alternativas viables para un proyecto de futuro. La
múltiples actividades de la Iglesia alcanzan sólo a un público
católico tradiconal, que da sensación de una fuerte presencia.
Pero los profesionistas, empresarios, políticos, comunicadores y
visionarios quedan al margen. Repetimos muchas acciones que ya no significan
nada ni impactan.
Se
han multiplicado los agentes de pastoral, movilizando un inmenso capital
humano. Pero no parece que estemos formando la nueva clase dirigente que
evangelizará la sociedad. No tenemos un laicado activo, creativo
y crítico, sino dependiente y nostálgico de un pasado que
se fué. Las nuevas generaciones no miran ya con simpatía
a la Iglesia y sus instituciones. Parecen burocratizarse los servicios,
disminuyendo la presencia de los ministros entre el pueblo.
El
futuro no tiene necesariamente qué ser igual que el pasado o el
presente. Dios nos ha puesto en esta coyuntura de la historia para hacer
algo. Lo fundamental es la memoria del futuro: un porvenir todavía
intacto, para que pueda escribirse con líneas menos torcidas y construirse
con todas las manos unidas en colaboración. Memoria para saber que
el interés y el dinero nunca nos integran, ni la fuerza de las armas
ni la manipulación de la opinión pública han logrado
las grandes transformaciones, sino las ideas, los ideales, los valores,
la cultura. Pasemos de una cultura de fuerza, imposición y violencia,
a una cultura de diálogo y colaboración. |