Cada
12 de diciembre se hace, en las iglesias dedicadas a Nuestra Señora
de Guadalupe, la Bendición de las rosas, tanto las que lleva el
pueblo, como las que se colocan en el altar.
Es
una extensión de la liturgia especial que otorgó el papa
León XIII a la Basílica de Guadalupe, por rescripto de la
Sagrada Congregación de Ritos del 29 de agosto de 1902, para celebrarse
el 12 de octubre y el 12 de diciembre, en memoria de la coronación.
Se
fue concediendo a las demás Imágenes coronadas, y luego a
las iglesias Guadalupanas, en 1931, el Año Guadalupano por el IV
Centenario de las Apariciones. Las oraciones son las del rito de 1902,
con aspersión e incensación de las rosas.
En
1981 Año Guadalupano por el 450º aniversario de las apariciones,
se extendió la concesión a todas las iglesias de México
para el final de las Misas del 12 de diciembre. Y en el Gran Jubileo del
2000 (desde diciembre de 1999) se hicieron algunas modificaciones al rito.
Además
de las rosas ya colocadas, y de las que los fieles llevan en sus manos,
se llevan como ofrenda los canastos de las rosas que se han de bendecir,
y se colocan en el sitio del presbiterio donde se hará la bendición
al final de la Misa.
Antes
de la bendición final, tras una breve monición, se lee el
pasaje de Nicán Mopohua de Antonio Valeriano que habla del milagro
de las rosas del Tepeyac como señal que llevó San Juan Diego
al obispo. El sacerdote hace la oración de mención. Al terminar,
se rocían las flores y la asamblea con agua bendita mientras se
entona un canto mariano. Se canta la Salve, incensando la Cruz, la Imagen,
el altar, las rosas, el sacerdote y la asamblea. Se da la bendición
final y la despedida.
Es
un recuerdo simbólico del acontecimiento guadalupano. Zumárraga
descubrió en las rosas la voluntad de María de querer mostrar
a su Hijo con todo su amor, compasión, auxilio y defensa, y vio
en ellas la veracidad de Juan Diego, y la legitimidad de un templo fuera
de sus proyectos centralistas de evangelización. No provenían
de una chinampa, sino del árido Tepeyac en plenas heladas de invierno,
cuando no era tiempo ni lugar de rosas.
Pide
que nuestra devoción se traduzca en la vida en actitudes de servicio
amoroso, y que así como son agradables las flores, así sea
agradable nuestro trato a los demás.
Hoy
cualquiera puede entregar flores, pero entre los antiguos mexicanos era
un honor reservado a personajes de mucha confianza. Y expresa la verdad
y bondad de todo lo creado, expresado en el vocablo “flor y canto”. Era
la expresión más sublime del pensamiento humano. El Tepeyac
se convirtió en Xochitlalpan, tierra de las flores, el paraíso.
Alfredo
R. Plascencia, sacerdote y poeta, que fue párroco de Valle de Guadalupe,
se expresa así:
¡Qué
cosas!...
Tiene
Dios unas cosas…
¿Tal
como siembre Él, habrá quien siembre?
La
colina es estéril y está llena de rosas.
Está
llena de rosas en el mes de diciembre.
Tiene
el indio unas cosas…
tal
como el indio huye, ¿habrá quien huya
de
una Virgen que sale con su puño de rosas
a
su encuentro y le dice: Yo te amo, soy tuya?
Tengo
unas cosas yo, tengo unas cosas
de
inspirar compasión… ¿No habrá quien siembre
sobre
mis huesos áridos, algunas cuantas rosas?
¡oh,
qué frío está haciendo! Está helado diciembre.
Tiene
unas cosas Ella…Por Dios santo,
¡qué
cosas!...
Yo
me vuelvo desdén y Ella, entre tanto,
sin
cesar me persigue con su puño de rosas.
Por
Dios Santo,
¡qué
cosas!...
El
y Ella, ¿qué harán con esas rosas…?
Y
yo, sin esas rosas. ¿cómo aguanto…?
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