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“Inocente Palomita que te dejaste Engañar”
Con bromas y chistes rodeamos el 28 de diciembre día de los santos Inocentes, para tapar la página más cruel y difícil del Evangelio, porque rodeamos de sonrisas lo que nos aterra: la matanza de niños que hizo Herodes para librarse del Mesías, que consideraba posible rival. Hasta un recién nacido es peligroso cuando es bandera de algo.

Herodes “el Grande” no era judío de raza, sino idumeo, descendiente del pueblo que Juan Hircano obligó a abrazar el judaísmo. Era Tetrarca de Galilea sólo por un favor especial de la casa imperial de Roma. Por eso era terriblemente celoso contra cualquiera que amenazara su reinado, mandando matar a todo el que pretendiera ser rey. Así, asesinó a 2 de sus esposas, ordenó estrangular a 2 de sus hijos, a otro lo condenó a morir; mandó a su hermana Salomé que, cuando él muriera, acuchillara a todos los nobles que tenía como presos políticos en el hipódromo de Jericó, para que su muerte fuera muy llorada. Nada raro que intentara ahogar en sangre un posible movimiento mesiánico en torno a Belén cuando los Magos buscan al Rey de los Judíos.

La liturgia bizantina habla de 14, 000 niños; las “menaion” sirias, de 64 000; otros dicen que son 144000 de Apocalipsis 7, 9. Sin duda que les añaden los cientos de inocentes víctimas de las guerras e injusticias. Porque Belén y sus alrededores no pasaban entonces de tener entre 30 y 40 niños menores d e2 años. El historiador Macrobio pone en labios de César Augusto una frase sobre Herodes: “Para él vale más ser cerdo (“hus”) que hijo (“huiós”)”.
En Oriente muy pronto se les incluyó en el séquito del Nacimiento del Rey, como los “Santos Niños”. En occidente a partir del siglo V, como “flores de mártires”: murieron por Cristo y en lugar de Cristo. El tercer día de la octava de Navidad, y no después de Epifanía. En la Inglaterra antigua se llamaba “Chindermass”. El Calendario de Cartago los llama los “Santos Infantes”. Pero se fue imponiendo la denominación “santos inocentes”. Todas las tardes los franciscanos y los niños del coro visitan en Belén el altar de los santos inocentes en la Cripta de la Basílica de la Natividad y entonan el himno “Salvete flores martyrium”.

Esa ofrenda sangrienta era el diezmo de la generación de quien iba a crucificar a Jesús: lo salvaron y se salvaron, como inocentes para siempre. Hacen de Jesús un nuevo Moisés: salvado de la muerte. Cristo se encarnó en un mundo de violencia, pero su muerte sería lenta y prolongada. Los santos inocentes no son mártires en ese sentido estricto: testigos de la Redención; fueron las víctimas de esa persecución desatada contra Cristo a lo largo de la historia.

Dice un himno de Prudencio: “Apenas brotadas de madrugada, el perseguidor de Jesús cortó furioso esas rosas, como el huracán les arranca sus pétalos tiernos. Ustedes fueron las primeras víctimas, tierno rebaño inmolado, y en el mismo altar recibieron la palma y la corona”.

Pero nosotros nos fijamos más bien en el engaño: Herodes quiso burlarse de los Magos y salió burlado. Y eso es lo que celebramos en nuestras bromas. Por eso en Italia, entre los adornos de Navidad, aparece la “Beffana”: una brujita buena que orientó a los Magos para huir de Herodes y a la Sagrada Familia para huir de Egipto; y desorientó a los herodianos que buscaban a Jesús, engañándolos.

Como dice la Escritura: “La esperanza del hipócrita perecerá” (Jb 8). Fueron burlados los planes del impío Herodes. No logró matar al Mesías, y la matanza de los niños de Belén pobló el cielo de santos y le acarreó maldición.

Nosotros, que no somos nada inocentes y necesitamos el perdón de Dios, nos engañamos unos a otros, pidiendo prestado para no pagar abusamos de los demás, fingiendo apuros y haciendo bromas pesadas. Y hasta ponemos de excusa a la paloma, símbolo de la pureza y el más fiel de todos los animales. Ojalá estos juegos combatan las dobleces e hipocresías, y destierren los celos que nos empujan a deshacernos de los demás.
 


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