| En
este domingo XVII del tiempo ordinario nos encontramos con un pasaje bíblico
muy especial en doble sentido, en primer lugar el poder de la oración
de intercesión de Abraham y la justicia de Dios que castiga al pecador
por su conducta maliciosa.
En
el Oriente era una costumbre que la justicia fuera colectiva, de manera
que los justos tenían que pagar junto con los pecadores, sin importar
el número de los justos que perecieran con los malvados.
En
este diálogo de Dios con Abraham, parece que por un lado Dios pone
a prueba nuevamente a Abraham, para ver cómo aplica él la
justicia ante la relación justos-pecadores. Pero Abraham se muestra
solidario con los justos que viven en medio de los pecadores, y aunque
el texto bíblico no deja claro si realmente lo que interesa es salvar
a los 50, 40, 30, 20 o 10 justos que viven en Sodoma, o interceder efectivamente
por todos los pecadores en atención a los justos que son gratos
a la vista del Señor: “en atención a esos justos, no castigaré
a la ciudad…”
Una
cosa sí es cierta, la salvación aunque se obtiene en una
comunidad, no se da en comunidad, es decir, de manera colectiva. Así
como tampoco se condenan los individuos en comunidad, en grupo, sino individualmente;
de la misma manera la salvación se dará en una comunidad,
pero de forma personal.
Aquí
resalta el atrevimiento de Abraham que pide a Dios misericordia para los
pecadores, que siendo extraños al pueblo de Israel, no por eso pierden
sentido para el patriarca. Dios es padre de todos los hombres, sean o no
de el pueblo que él se ha elegido como de su propiedad.
La
familia de Lot vive en Sodoma, y quizás también por este
motivo intercede Abraham a favor del pueblo que los ha recibido, los elegidos
de Dios siempre gozarán de su protección donde quiera que
se encuentren, siempre y cuando sigan cumpliendo con su palabra de salvación.
Es
interesante como se muestra la solidaridad de Abraham para con todo el
pueblo que está en peligro de ser exterminado por Dios, a consecuencia
de sus múltiples pecados; y por otro lado también se pone
de manifiesto la misericordia de Dios que salva a quien confía en
su palabra, y cómo también se cumple la sentencia en contra
de Sodoma y Gomorra, para castigar a los pecadores.
La
sentencia de muerte no cambia ante el diálogo insistente de Abraham
con Dios, y sin embargo, se obtienen ambas cosas; justicia en contra de
los pecadores que han despreciado los mandamientos de Dios y son aniquilados,
y también justicia para Lot y su familia que se han mantenido fieles
al Señor.
Sodoma
y Gomorra son sinónimos de pecado, de malicia y alejamiento de los
mandamientos del Señor, de pecado y muerte. Pero aún en medio
de las tinieblas del error y del pecado, existe una luz de esperanza de
salvación que Dios ofrece a los hombres de todos los tiempos.
Dios
es siempre fiel a su palabra y rico en misericordia, que no quiere la muerte
del pecador, sino que se arrepienta y viva, por eso, debemos dar gracias
a Dios que es para nosotros un padre bueno, que siempre busca nuestro bien,
nuestra felicidad y salvación eterna, llamándonos a la conversión
sincera de nuestro corazón.
Dejemos
nuestra vida pasada, que envuelta en los pecados, placeres y errores de
este mundo, nos apartan de Dios, no miremos hacia atrás, sino debemos
avanzar hacia delante, siguiendo en nuestra vida cotidiana la voluntad
del Señor.
Podrá
haber en la actualidad muchos Sodomas y Gomorras, pero para nosotros la
invitación de parte de Dios es el ser para los demás, y especialmente
para los pecadores un nuevo Abraham, que intercede por el perdón
de los pecadores, para que la salvación de Dios llegue a todos los
hombres del mundo.
No
hay que asustarnos de la malicia de los hombres y de la sociedad, sino
de la gran paciencia que Dios nos tiene para que recapacitemos y reconozcamos
nuestras infidelidades, Dios nos da tiempo para convertirnos, pero ese
tiempo llegará un día a su fin, y entonces recibiremos nosotros
como los habitantes de Sodoma y Gomorra, en justicia el castigo por nuestros
pecados; o en todo caso, recibiremos como Lot y su familia, una nueva oportunidad
de vida en la gracia del Señor por nuestra fidelidad a la ley de
Dios. |