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“Vengan,
benditos de mi padre, tomen posesión del reino preparado para ustedes
desde la creación del mundo. Porque era un extraño y me hospedaron”.
Mt 25,34.
La
palabra de Dios para este domingo XVI del tiempo ordinario nos invita a
reflexionar sobre una virtud humana y cristiana: la hospitalidad.
En
la primera lectura del libro del Génesis 18, 1-10; nos hace caer
en la cuenta del premio que reciben los que practican la hospitalidad sin
esperar recompensa alguna.
Abraham
sólo ve a tres hombres y por eso les ofrece su casa, su alimento,
su tiempo y su solidaridad, pero parece que descubre en estos tres hombres
la presencia divina y por eso mismo se postra en tierra.
Abraham
no sabe con certeza de quién se trata, si es el Señor o si
son unos hombres mortales como él (por eso el doble gesto de postrarse
–como a Dios– y de ofrecerles un banquete –como a hombres–; siendo el resultado
un gesto de amor al peregrino, que resulta ser como en todos los casos,
los forasteros son siempre desconocidos que necesitan ayuda.
En
el Evangelio es Cristo el que recibe ese gesto de la hospitalidad de Martha
y su hermana María, han recibido al Hijo de Dios, y mientras que
Martha atiende a la humanidad de Cristo, preparando el banquete de bienvenida
con mucho afán, su hermana María atiende a la divinidad de
Jesucristo, postrándose a los pies de Jesús escuchando
su palabra de salvación.
Hemos
aprendido en el catecismo del Padre Jerónimo Ripalda que las obras
de misericordia son catorce, de las cuales siete son espirituales y siete
son corporales.
Dentro
de las obras de misericordia corporales, la hospitalidad es la quinta y
que reza así: dar posada al peregrino.
En
la actualidad podemos descubrir que existen diferentes modelos de forasteros,
aunque tengan en común que todos son extraños para quienes
los tratan por primera vez.
Sólo
por mencionar algunos ejemplos tenemos a los forasteros “inmigrantes” que
por necesidad de buscar un mejor empleo y sostener una familia dejan no
solamente el hogar, sino también la propia patria, volviéndose
forasteros para la nación que los recibe, y no pocas veces con un
grado de recelo.
También
se encuentran los forasteros “refugiados de guerra” aquellos hombres, mujeres
y niños que siendo inocentes frente a las naciones poderosas militarmente
se ven obligadas a huir de la guerra para proteger la propia vida y la
de la familia.
Existen
otros forasteros “estudiantes” que por motivo de su preparación
profesional se ven en la necesidad de dejar temporalmente su hogar y su
pueblo para acudir a la universidad, convirtiéndose así también
en forasteros temporales, pero al fin y al cabo forasteros.
Los
forasteros “delincuentes”, que por cometer algún delito grave prefieren
huir que confrontar a la autoridad judicial, abandonando su familia no
pocas veces para siempre, viven escondidos de la justicia y con el temor
de ser condenados no sin razón.
Hay
también los forasteros “inocentes”, es decir, aquellos que son perseguidos
por las personas o las instituciones de manera injusta y que no dejan otra
opción que la huida, por falta de recursos económicos para
defender su inocencia.
Pero
faltan también aquellos forasteros “creados” por la sociedad, aquellos
que son obligados a vivir lejos de su familia en los orfanatorios, los
asilos, los albergues y demás instituciones, para gozar de un poco
más de libertad, atentando contra la dignidad de la persona humana.
Y faltarán
obviamente muchos modelos de “forasteros” pero creo que estos son los más
elementales, si bien las causas que los hacen caer en la categoría
de forasteros son diversas, repito, lo que es común a todos, es
que se vuelven en un principio en extraños para quienes los reciben.
Aunque
entre las naciones se pueden considerar forasteros todos los que no son
de la nación por nacimiento, para la Iglesia nadie es forastero,
todos somos miembros de la gran familia de Dios por el bautismo, y más
aún, por la creación todos somos hijos de Dios, miembros
de su pueblo santo.
En
el relato del libro del génesis, la Iglesia primitiva ha tratado
de descubrir una luz sobre la existencia de la Trinidad, ya que son tres
ángeles, y además la promesa se cumple, recordando que la
palabra del Señor siempre es eficaz.
Lo
más importante para nosotros hoy es ser solidario para quienes son
forasteros y necesitan muestras de nuestra hospitalidad familiar y social,
aceptando a las personas con sus cualidades y limitaciones, porque en última
término todos somos peregrinos en este mundo, vamos de paso hacia
la casa de Dios padre misericordioso.
Otro
mensaje para nosotros hoy es que no debemos sentirnos “forasteros”, ya
que todos somos hermanos en la fe, amigos, miembros de la Iglesia, pertenecemos
a una sociedad, no estamos solos, pero que aún sin ser forasteros
o peregrinos sí vivamos la virtud humana y cristiana de la hospitalidad. |