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 HOSPITALIDAD
Por: Parroquia Valle de Guadalupe
Julio 26 del 2007

“Vengan, benditos de mi padre, tomen posesión del reino preparado para ustedes desde la creación del mundo. Porque era un extraño y me hospedaron”. Mt 25,34.

La palabra de Dios para este domingo XVI del tiempo ordinario nos invita a reflexionar sobre una virtud humana y cristiana: la hospitalidad.

En la primera lectura del libro del Génesis 18, 1-10; nos hace caer en la cuenta del premio que reciben los que practican la hospitalidad sin esperar recompensa alguna.

 Abraham sólo ve a tres hombres y por eso les ofrece su casa, su alimento, su tiempo y su solidaridad, pero parece que descubre en estos tres hombres la presencia divina y por eso mismo se postra en tierra.

Abraham no sabe con certeza de quién se trata, si es el Señor o si son unos hombres mortales como él (por eso el doble gesto de postrarse –como a Dios– y de ofrecerles un banquete –como a hombres–; siendo el resultado un gesto de amor al peregrino, que resulta ser como en todos los casos, los forasteros son siempre desconocidos que necesitan ayuda.

En el Evangelio es Cristo el que recibe ese gesto de la hospitalidad de Martha y su hermana María, han recibido al Hijo de Dios, y mientras que Martha atiende a la humanidad de Cristo, preparando el banquete de bienvenida con mucho afán, su hermana María atiende a la divinidad de Jesucristo, postrándose  a los pies de Jesús escuchando su palabra de salvación.

Hemos aprendido en el catecismo del Padre Jerónimo Ripalda que las obras de misericordia son catorce, de las cuales siete son espirituales y siete son corporales. 

Dentro de las obras de misericordia corporales, la hospitalidad es la quinta y que reza así: dar posada al peregrino.

En la actualidad podemos descubrir que existen diferentes modelos de forasteros, aunque tengan en común que todos son extraños para quienes los tratan por primera vez.

Sólo por mencionar algunos ejemplos tenemos a los forasteros “inmigrantes” que por necesidad de buscar un mejor empleo y sostener una familia dejan no solamente el hogar, sino también la propia patria, volviéndose forasteros para la nación que los recibe, y no pocas veces con un grado de recelo.

También se encuentran los forasteros “refugiados de guerra” aquellos hombres, mujeres y niños que siendo inocentes frente a las naciones poderosas militarmente se ven obligadas a huir de la guerra para proteger la propia vida y la de la familia.

Existen otros forasteros “estudiantes” que por motivo de su preparación profesional se ven en la necesidad de dejar temporalmente su hogar y su pueblo para acudir a la universidad, convirtiéndose así también en forasteros temporales, pero al fin y al cabo forasteros.

Los forasteros “delincuentes”, que por cometer algún delito grave prefieren huir que confrontar a la autoridad judicial, abandonando su familia no pocas veces para siempre, viven escondidos de la justicia y con el temor de ser condenados no sin razón.

Hay también los forasteros “inocentes”, es decir, aquellos que son perseguidos por las personas o las instituciones de manera injusta y que no dejan otra opción que la huida, por falta de recursos económicos para defender su inocencia.

Pero faltan también aquellos forasteros “creados” por la sociedad, aquellos que son obligados a vivir lejos de su familia en los orfanatorios, los asilos, los albergues y demás instituciones, para gozar de un poco más de libertad, atentando contra la dignidad de la persona humana.

Y faltarán obviamente muchos modelos de “forasteros” pero creo que estos son los más elementales, si bien las causas que los hacen caer en la categoría de forasteros son diversas, repito, lo que es común a todos, es que se vuelven en un principio en extraños para quienes los reciben.

Aunque entre las naciones se pueden considerar forasteros todos los que no son de la nación por nacimiento, para la Iglesia nadie es forastero, todos somos miembros de la gran familia de Dios por el bautismo, y más aún, por la creación todos somos hijos de Dios, miembros de su pueblo santo.

En el relato del libro del génesis, la Iglesia primitiva ha tratado de descubrir una luz sobre la existencia de la Trinidad, ya que son tres ángeles, y además la promesa se cumple, recordando que la palabra del Señor siempre es eficaz.

Lo más importante para nosotros hoy es ser solidario para quienes son forasteros y necesitan muestras de nuestra hospitalidad familiar y social, aceptando a las personas con sus cualidades y limitaciones, porque en última término todos somos peregrinos en este mundo, vamos de paso hacia la casa de Dios padre misericordioso.

Otro mensaje para nosotros hoy es que no debemos sentirnos “forasteros”, ya que todos somos hermanos en la fe, amigos, miembros de la Iglesia, pertenecemos a una sociedad, no estamos solos, pero que aún sin ser forasteros o peregrinos sí vivamos la virtud humana y cristiana de la hospitalidad.


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