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 Se Vinieron las Fiestas
Por: Parroquia de Valle de Guadalupe 
Las crisis son buenas, porque ayudan a crecer y madurar. Nos obligan a renunciar a ciertos modos de reaccionar que nos habíamos formado, a revisar nuestras prácticas, a seleccionar las actividades. Cuando nuestras contradicciones, impulsos violentos, indiferencia, quedan al descubierto, pueden superarse.

Estábamos preocupados por la organización de las fiestas, pues poco eco tuvieron los llamados a participar en su organización. Creíamos que nos tocaría cargar con la responsabilidad histórica de no heredar a las futuras generaciones este legendario evento del pueblo.

Por una parte, no sabíamos si habría socios para los gastos. Por otro, la fiesta coincidía con Cristo rey y con la revolución mexicana, y se enriquecía de significado con la beatificación de los mártires.
Después de incertidumbres, tensiones, rumores, vamos a iniciar nuestras fiestas 2005 en honor de Nuestra Señora del Carmen, confiando en la Providencia.

La adoración eucarística, por el Sínodo y en el sitio de Jericó, nos hizo solidarios en la aventura común de construir nuestra comunidad. No en un clima de desesperación y confrontación, como en la política, los cataclismos y el terrorismo. 

Retomamos las fuerzas positivas que tenemos, enmedio de nuestros problemas, para avanzar como pueblo. Las dificultades no debilitaron el espíritu, ni la capacidad de resistencia, ni hicieron estéril el espíritu de colaboración.
Las fiestas son momentos importantes en la vida del pueblo, para afianzar su identidad, redescubrir sus raíces, crear lazos de amistad, fortificar sus valores e impulsar un auténtico progreso.

Para impulsar la construcción de la comunidad cristiana, y honrar a Dios por las maravillas obradas en la Santísima Virgen. Desde 1885, son un fuerte momento comunitario de experiencia religiosa.
No partimos de cero en años anteriores. En 1999, aunque ya no estaba el señor cura Mariano, la mayoría de socios se presentó y aceptaron, al menos de palabra, los cambios. Fueron muchos de sus vecinos los que se negaron a participar.

Aunque ya no estaba Felipe Aguilera, un grupo de personas que habían trabajado con él nos sacaron del apuro encargándose de los adornos y los carros, con muy buena voluntad, y han ido mejorando cada año más y más, hasta lograr que otros admiren y soliciten nuestros adornos.
Aunque algunos escritos en el Periódico El Valle eran retadores, desalentadores, y hasta calumniadores, el pueblo en general poco a poco ha ido aumentando su participación y asistencia.

La fiesta no es una empresa económica, en la cual se buscan ganancias, originando divisiones, críticas y desconfianza. No es auténtica cuando nos cansa, nos deja gastados, pone en peligro la convivencia familiar y social, degrada a las personas, u ofende a Dios.
El sujeto de la fiesta somos todos, es la comunidad, no solamente los socios, necesitados de más voluntarios que quieran unirse. El pueblo debe intervenir más en la programación, en función de su realidad.
Se integran a nuestra fiesta personas de fuera, familiares y amigos, que se adaptan a nuestra organización. Las fiestas van acomodándose a los tiempos nuevos, para mejorar como personas y como sociedad y avanzar en el proceso de organización.

La organización del programa de fiestas supone gran esfuerzo, y la participación de muchas personas y grupos. Es bueno que lo valoremos.
El ruido, el desorden y las muchas actividades impiden orar con devoción, tener una experiencia de encuentro con Cristo que renueve la vida. El centro se convierte en terreno de feria, escenario de serenata musicalizada, cantina pública de chicos y grandes, y desorden. No todas las actividades favorecen la convivencia familiar, muchas mamás deben agenciar todo en casa  y a veces ni a Misa pueden asistir.

El P. Lino estableció esta fiesta fuera de su fecha litúrgica (16 de julio) para que los campesinos, libres de preocupaciones, se dedicaran a dar gracias a Dios públicamente, y a convivir sanamente con su familia. No perdamos dichos objetivos.

Las tradiciones un día iniciaron como novedad, y la repetición de actos la fue consolidando. Seamos conscientes y evaluemos, para no desgastarlas.
Por ahora no veremos la agonía de la fiesta, antes bien, la sacamos de su rutina. La fiesta es responsabilidad de todos. Esa es la verdadera revolución que cambia los corazones: la revolución del amor iniciada por Jesús, simbolizada en el escapulario de María.

Nos alecciona el esfuerzo invertido por tantas generaciones, más pobres que nosotros. Las peores dificultades jamás podrán vencer las fuerzas espirituales de un pueblo creyente. De esa tierra fértil heredada por nuestros mayores queremos que broten retoños nuevos que oxigenen nuestras fiestas.

No dejemos que nos venzan los impulsos de adormilarnos o evadirnos. Busquemos remedios, profundicemos los motivos, ofrezcamos alternativas, compartamos nuestras certezas, traduciendo en prácticas concretas el mensaje del Evangelio.
 


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