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Fiestas de Valle de Guadalupe
Por: Marko Antonio Díaz Gómez (marko127@valledegpe.com)
Rosario de Aurora, para una salud integral
Vivimos un tiempo de fuertes tensiones, que aumentan el estrés y ansiedad en las personas.
La medicina holística busca atender integralmente a la persona, en su cuerpo, en su alma, en su espíritu, en su relación social y en su integración comunitaria.

Recomienda caminar al menos media hora diaria para activar la circulación, combatiendo así el colesterol y los triglicéridos que alteran la presión arterial y pueden causar trombosis.

Siendo Valle de Guadalupe un lugar donde hace mucho frío, caminar permite mantener calientes los pies, contrarrestando efectos de enfriamiento.

El sueño más relajante y que reconstruye nuestro sistema nervioso es el anterior a la media noche. Para una persona que madruga es obvio que buscará utilizarlo.

Madrugar nos permite programar el día, venciendo la inútil pesadez de la cama en las horas del amanecer, y el sereno matutino nos mantiene despiertos y activos. Es por la mañana cuando nuestras facultades están en su máxima capacidad de rendimiento.

Encontrarse con otras personas ayuda a salir de sí, combatiendo depresiones y neurosis. Realizar algo junto con otros es una terapia que favorece el sentido de pertenencia y la voluntad de colaboración.

Hay fuerte influjo de las palabras en la programación de las personas. Los orientales repiten mantras para entrar en el nivel mental de la plena posesión de sí y comunión con la energía total de la naturaleza. La repetición del Ave María y la meditación de los misterios van cumpliendo este objetivo.

El Rosario de aurora por las calles nos permite alcanzar estos beneficios, además de ser oración.
Las fuerzas de la fe se han descubierto como la mejor terapia, no sólo para tensión neuropsíquica, sino también para enfermedades degenerativas como cáncer, diabetes, sida, alergias, etc.
Confiar en alguien, tener esperanza, saberse amados, es potenciado por la fe hasta el infinito.
Sin saberlo, nuestros mayores nos legaron un sencillo y poderoso medio de salud integral al alcance de todos.
Cosa muy distinta de las Callejoneadas. El valor terapéutico de la música, las canciones, la convivencia y la caminata, se neutralizan o anulan por el alcohol y la desvelada.

¿Peregrinación o desfile?

Tanto un desfile como una peregrinación son una marcha organizada de gente. Pero el desfile es un acto social conmemorativo, destinado a verse. Mientras que la peregrinación es un acto religioso, para participar en él.

Caminar, marchar, significa la victoria del hombre sobre el espacio. Se libera de la esclavitud de estar sujetos a un punto de algún lugar. Abandona el ambiente habitual de la vida sus preocupaciones diarias, e interrumpe su actividad cotidiana, para encaminarse a Dios, salir al encuentro con lo sagrado.

Experimentamos en el fondo de nosotros mismos una insaciable necesidad de Dios, que nos mueve a buscarlo, y entonces nos desplazamos hacia un lugar cargado de experiencia religiosa, en espera de la protección divina.

Recordamos así que no tenemos aquí una morada permanente, sino que estamos en camino hacia el cielo. Nos invita a desapegarnos de las cosas temporales. Hacemos juntos un viaje simbólico en honor de una potencia sobrenatural, retornando a las fuentes de nuestra religión vivida. Somos el pueblo que peregrina hacia la casa del Padre común.

Participar en la peregrinación trae inevitables incomodidades y renuncias, expresión de nuestra penitencia por los pecados y necesidad de expiación. Y expresa nuestra disponibilidad a donarnos para servir a nuestros hermanos.
Es un público testimonio de nuestra fe, una acción de gracias por los favores recibidos, una intensa súplica colectiva frente a las urgentes necesidades, una experiencia de lo extraordinario y de Dios. Por eso consagra las fechas importantes de nuestro calendario sacro.

El fenómeno de la peregrinación ha estado presente en todas las culturas, lugares y tiempos. No podríamos desacralizarlo en nuestra cultura. Hay una unidad entre el pueblo, el camino y la presencia de lo divino.

Marca las etapas de una historia sagrada, inscritas en una tierra que, además de escenario de la vida social del pueblo, se convierte en guardiana de una memoria sagrada. La tradición religiosa configuró un lugar con una presencia garantizada de Dios y los santos. Es una experiencia fraterna y comunitaria.

En la peregrinación no hay distinciones sociales de clases, condiciones, tendencias y demás condicionamientos. Todas las clases, sexos, y funciones se funden enana sola comunión de almas para confesar su fe. Es la victoria sobre el espacio, sobre las dificultades de la vida, y sobre el individualismo y la indiferencia religiosa.

Por eso, su culminación es la Eucaristía, el máximo encuentro posible entre Dios y nosotros en esta tierra.
No nos contemos con ver las peregrinaciones, como si fueran un desfile. Mejor participemos en ellas, caminando hacia el encuentro con Dios.

Una vela en la peregrinación

Hoy tenemos al alcance, gracias a la producción de electricidad, la luz a todas horas, y no apreciamos la utilidad de una vela y su significado, salvo cuando el apagón se prolonga.

Imaginemos cuando no había plata de luz para el alumbrado de las calles lo que significaba una procesión con velas. Era un haz de luz móvil que, como nuevo Quetzalcoatl de primavera, se arrastraba glorioso hasta el templo, la casa de la familia.

Cristo dijo: “Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no camina en tinieblas”. Y nos dijo también: “Ustedes son la luz del mundo”. Por eso, en el Bautismo, se nos entrega una luz, encendida en el Cirio Pascual. Participemos del triunfo de Cristo.

La llama es fuego, lumbre, luz, calor. Estuvo presente en todas las manifestaciones de Dios: la zarza del Sinaí; el sacrificio del Carmelo con Elías (arrebatado después en un carro de fuego), el juicio de Sodoma y Babilonia, el sacrificio de Abraham, Pentecostés.

Jesús dijo: “Fuego he venido a traer a la tierra, y cuánto deseo que esté ya ardiendo”. No es un piromaniático que goza quemándonos. Es su amor y su presencia.

La vela es de cera virgen, obra de las abejas. El nombre de cirio viene de la palabra cera.

En una colmena viven la reina, los zánganos y las abejas obreras. La reina cuatro veces al año hace un viaje nupcial perseguida por todos los zánganos de la colmena. Vuela a gran altura, dónde solo el zángano más resistente, fuerte y tenaz logre ser suyo. Con él se une para dar origen a nuevas generaciones.

Las abejas obreras, que producen la miel y la cera, son vírgenes, no tienen vida sexual en toda su vida. De las flores más bellas liban el almíbar para elaborar el producto, y almacenarlo en la perfección de sus panales.

Por eso, la cera simboliza la carne de Cristo, que viene de María Virgen; y la flama, la presencia de Dios. La vela nos recuerda que Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre, luz de luz.

Es la razón por la que encendemos velas en el altar, en las procesiones, ante el Sagrario, en los sacramentos de la Iniciación y en los funerales. “Levántate de entre los muertos y Cristo te iluminará”. Los focos no expresan ese simbolismo.

Traer una vela en la peregrinación, además de ser una ofrenda para el templo, asociada a la ofrenda eucarística de Cristo, es una profesión de fe.

Con esa luz renovamos nuestra promesa de ser siempre seguidores de la luz, de caminar siempre como hijos de la luz, y así alumbrar toda nuestra vida. Somos el pueblo de la luz, en combate contra las tinieblas del mal.

¿Campanear aún tiene sentido?

Con el toque de campanas se marcaba el ritmo del trabajo, oración y fiesta de un pueblo, desde la antigüedad.
Pero ahora, los relojes y la aceleración de la vida moderna no nos permiten captar el mensaje de las campanas, que siguen siendo un llamado para los cristianos.

Las campanadas con la campana mayor para convocar a Misa, o con la campana auxiliar para el Rosario y otras funciones son un eco del llamado que Dios nos hace a entrar en comunión con Él. La primera, llamada, para espabilarnos y suspender la actividad que nos ocupa. La segunda llamada, para movilizarnos al templo o lugar de la celebración. La última, para iniciar la función sagrada.

Las 12 campanadas al mediodía nos invitan a rezar el Angelus, en recuerdo de la Encarnación, del anuncio del ángel a María y de la aceptación de ella de ser Madre de Dios. Es una pausa en la fatiga, un suspiro en Dios, que nos renueva en nuestra propia vocación.

Las 3 campanadas a las 3 de la tarde nos recuerdan la Muerte de Cristo, que santifica todas nuestras actividades, realizadas en nombre de la Trinidad, incluyendo la comida. Nos unimos a las 3 horas de su sufrimiento en la Cruz, y a su Pasión prolongada en la historia, con un Credo u otra oración.

Las 9 campanadas graves y pausadas de las 6 de la mañana y de las 7 de la noche nos invitan a ponernos en oración con toda la Iglesia, para ofrecer el trabajo y la fatiga de la jornada, unidos a los 9 coros de ángeles que alaban en el cielo sin cesar al Altísimo.

Esos toques son precedidos por pinos, toques de anuncio que nos alertan, llamados de atención en las fiestas. Las vueltas de cada esquila, desde la de sonido más agudo hasta la de sonido más grave, por turnos, en 3 tandas, anuncian que hay fiesta.

Y terminan con 3 repiques, en que se echan a vuelo todas las campanas, en un concierto sonoro de bronce, estaño y metales preciosos. Aunque las fiestas sean en honor a la Santísima Virgen o a un santo, se finalizan a honrar a la Santa Trinidad. El primer repique se dedica a Dios Padre, alabando su obra creadora. El segundo repique se dedica a Dios Hijo, aclamándolo por su obra redentora. El tercero se dedica al Espíritu Santo, bendiciéndolo por su acción santificadora y unificadora.

Las 3 campanadas pausadas con la campana mayor al final de la Misa vespertina nos invita a recibir la Bendición con el Santísimo dada al pueblo, arrodillándonos si es posible en cualquier parte donde estemos. Suplicamos la paz, tranquilidad y seguridad social para todos.

Cuando hermano muere, los dobles convocan a darle el adiós con la Eucaristía. Un clamor, dado por el toque simultáneo de la campana mayor y la auxiliar, es seguido por dos toques alternados cuando el difunto es hombre, o tres toques alternados si es mujer, (cuatro si es sacerdote, cinco si es obispo, y ocho si es papa), repetidos nueve veces en cada llamada.

Puede haber circunstancias especiales en que, con la campana auxiliar o la consagrada, anuncien una tempestad, un peligro, una invasión.

Las campanas no son, pues, una molestia que impida dormir o trabajar, si sabemos entender su lenguaje, y captamos la voz de Dios que nos llama varias veces al día a servirle a Él y a nuestros hermanos.

Sin cohetes no hay fiesta

La fiesta es una ruptura de la monotonía de la vida ordinaria. Por eso tiene también signos extraordinarios.
Con los avances maravillosos de la comunicación, no necesitamos que un trueno anuncie a distancia que hay fiesta o que se aproxima la hora de una celebración.

Pero faltaría un signo, que nos enlace con la tradición de nuestros antepasados. Tomamos contacto con nuestras raíces, nos sentimos parte de un pueblo en la sucesión de sus generaciones, experimentamos nuestra cohesión. Apreciemos la experiencia histórica que nos heredaron.

Con motivo de los acontecimientos importantes del pueblo, sacralizaron la quema de cohetes y castillos. Es una ofrenda, una alabanza pública, un estruendoso testimonio.
No podemos quejarnos de que nos traume su impacto, viviendo en un mundo de ruido. El sonido estridente de estereos en carros, con sus enfrenones y derrapes, o de la música rítmica de bailes y grupos, llega a ser más estresante por su continuidad.
Un trueno en el cielo alegra al campesino porque le recuerda la bendición de la lluvia: el relámpago, el trueno, y la nube de humo.
Varios truenos en el cielo recuerdan el homenaje militar a los hombres ilustres, con cañonazos o salvas en su honor, que llenan el cielo de un estampido de luz como reconocimiento a sus méritos.

Una eclosión de luces y explosiones recuerdan al científico el big-bang que originó nuestra galaxia y la evolución de nuestro planeta tierra.

Un cometa artificial que sube de la tierra al cielo recuerda al creyente su correspondencia a las Estrellas del Belén, al don del Salvador que bajo del cielo para elevarnos.

Lanzamos naves espaciales que exploren el universo sideral. Un cohete encierra todo ese desarrollo científico y tecnológico, ahora al servicio de la fe y la alabanza.

No solo los cohetes los que nos sobresaltan, sino nuestra conciencia intranquila y las tensiones que ocasionamos.
No son los cohetes los culpables de que no podamos dormir, sino la desvelada en la parranda y el vicio.
Posiblemente, el mismo enfermo sería el primero en protestar si supiera que le culpan de querer suprimir los cohetes de la fiesta.

Un gasto moderado en pólvora es un signo adecuado de fiesta. Las exageraciones siempre son malas. Más cuando vivimos crisis económicas y hay otras necesidades.
 


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