Rosario
de Aurora, para una salud integral
Vivimos
un tiempo de fuertes tensiones, que aumentan el estrés y ansiedad
en las personas.
La
medicina holística busca atender integralmente a la persona, en
su cuerpo, en su alma, en su espíritu, en su relación social
y en su integración comunitaria.
Recomienda
caminar al menos media hora diaria para activar la circulación,
combatiendo así el colesterol y los triglicéridos que alteran
la presión arterial y pueden causar trombosis.
Siendo
Valle de Guadalupe un lugar donde hace mucho frío, caminar permite
mantener calientes los pies, contrarrestando efectos de enfriamiento.
El
sueño más relajante y que reconstruye nuestro sistema nervioso
es el anterior a la media noche. Para una persona que madruga es obvio
que buscará utilizarlo.
Madrugar
nos permite programar el día, venciendo la inútil pesadez
de la cama en las horas del amanecer, y el sereno matutino nos mantiene
despiertos y activos. Es por la mañana cuando nuestras facultades
están en su máxima capacidad de rendimiento.
Encontrarse
con otras personas ayuda a salir de sí, combatiendo depresiones
y neurosis. Realizar algo junto con otros es una terapia que favorece el
sentido de pertenencia y la voluntad de colaboración.
Hay
fuerte influjo de las palabras en la programación de las personas.
Los orientales repiten mantras para entrar en el nivel mental de la plena
posesión de sí y comunión con la energía total
de la naturaleza. La repetición del Ave María y la meditación
de los misterios van cumpliendo este objetivo.
El
Rosario de aurora por las calles nos permite alcanzar estos beneficios,
además de ser oración.
Las
fuerzas de la fe se han descubierto como la mejor terapia, no sólo
para tensión neuropsíquica, sino también para enfermedades
degenerativas como cáncer, diabetes, sida, alergias, etc.
Confiar
en alguien, tener esperanza, saberse amados, es potenciado por la fe hasta
el infinito.
Sin
saberlo, nuestros mayores nos legaron un sencillo y poderoso medio de salud
integral al alcance de todos.
Cosa
muy distinta de las Callejoneadas. El valor terapéutico de la música,
las canciones, la convivencia y la caminata, se neutralizan o anulan por
el alcohol y la desvelada.
¿Peregrinación
o desfile?
Tanto
un desfile como una peregrinación son una marcha organizada de gente.
Pero el desfile es un acto social conmemorativo, destinado a verse. Mientras
que la peregrinación es un acto religioso, para participar en él.
Caminar,
marchar, significa la victoria del hombre sobre el espacio. Se libera de
la esclavitud de estar sujetos a un punto de algún lugar. Abandona
el ambiente habitual de la vida sus preocupaciones diarias, e interrumpe
su actividad cotidiana, para encaminarse a Dios, salir al encuentro con
lo sagrado.
Experimentamos
en el fondo de nosotros mismos una insaciable necesidad de Dios, que nos
mueve a buscarlo, y entonces nos desplazamos hacia un lugar cargado de
experiencia religiosa, en espera de la protección divina.
Recordamos
así que no tenemos aquí una morada permanente, sino que estamos
en camino hacia el cielo. Nos invita a desapegarnos de las cosas temporales.
Hacemos juntos un viaje simbólico en honor de una potencia sobrenatural,
retornando a las fuentes de nuestra religión vivida. Somos el pueblo
que peregrina hacia la casa del Padre común.
Participar
en la peregrinación trae inevitables incomodidades y renuncias,
expresión de nuestra penitencia por los pecados y necesidad de expiación.
Y expresa nuestra disponibilidad a donarnos para servir a nuestros hermanos.
Es
un público testimonio de nuestra fe, una acción de gracias
por los favores recibidos, una intensa súplica colectiva frente
a las urgentes necesidades, una experiencia de lo extraordinario y de Dios.
Por eso consagra las fechas importantes de nuestro calendario sacro.
El
fenómeno de la peregrinación ha estado presente en todas
las culturas, lugares y tiempos. No podríamos desacralizarlo en
nuestra cultura. Hay una unidad entre el pueblo, el camino y la presencia
de lo divino.
Marca
las etapas de una historia sagrada, inscritas en una tierra que, además
de escenario de la vida social del pueblo, se convierte en guardiana de
una memoria sagrada. La tradición religiosa configuró un
lugar con una presencia garantizada de Dios y los santos. Es una experiencia
fraterna y comunitaria.
En
la peregrinación no hay distinciones sociales de clases, condiciones,
tendencias y demás condicionamientos. Todas las clases, sexos, y
funciones se funden enana sola comunión de almas para confesar su
fe. Es la victoria sobre el espacio, sobre las dificultades de la vida,
y sobre el individualismo y la indiferencia religiosa.
Por
eso, su culminación es la Eucaristía, el máximo encuentro
posible entre Dios y nosotros en esta tierra.
No
nos contemos con ver las peregrinaciones, como si fueran un desfile. Mejor
participemos en ellas, caminando hacia el encuentro con Dios.
Una
vela en la peregrinación
Hoy tenemos
al alcance, gracias a la producción de electricidad, la luz a todas
horas, y no apreciamos la utilidad de una vela y su significado, salvo
cuando el apagón se prolonga.
Imaginemos
cuando no había plata de luz para el alumbrado de las calles lo
que significaba una procesión con velas. Era un haz de luz móvil
que, como nuevo Quetzalcoatl de primavera, se arrastraba glorioso hasta
el templo, la casa de la familia.
Cristo
dijo: “Yo soy la luz del mundo, el que me sigue no camina en tinieblas”.
Y nos dijo también: “Ustedes son la luz del mundo”. Por eso, en
el Bautismo, se nos entrega una luz, encendida en el Cirio Pascual. Participemos
del triunfo de Cristo.
La
llama es fuego, lumbre, luz, calor. Estuvo presente en todas las manifestaciones
de Dios: la zarza del Sinaí; el sacrificio del Carmelo con Elías
(arrebatado después en un carro de fuego), el juicio de Sodoma y
Babilonia, el sacrificio de Abraham, Pentecostés.
Jesús
dijo: “Fuego he venido a traer a la tierra, y cuánto deseo que esté
ya ardiendo”. No es un piromaniático que goza quemándonos.
Es su amor y su presencia.
La
vela es de cera virgen, obra de las abejas. El nombre de cirio viene de
la palabra cera.
En
una colmena viven la reina, los zánganos y las abejas obreras. La
reina cuatro veces al año hace un viaje nupcial perseguida por todos
los zánganos de la colmena. Vuela a gran altura, dónde solo
el zángano más resistente, fuerte y tenaz logre ser suyo.
Con él se une para dar origen a nuevas generaciones.
Las
abejas obreras, que producen la miel y la cera, son vírgenes, no
tienen vida sexual en toda su vida. De las flores más bellas liban
el almíbar para elaborar el producto, y almacenarlo en la perfección
de sus panales.
Por
eso, la cera simboliza la carne de Cristo, que viene de María Virgen;
y la flama, la presencia de Dios. La vela nos recuerda que Cristo es verdadero
Dios y verdadero hombre, luz de luz.
Es
la razón por la que encendemos velas en el altar, en las procesiones,
ante el Sagrario, en los sacramentos de la Iniciación y en los funerales.
“Levántate de entre los muertos y Cristo te iluminará”. Los
focos no expresan ese simbolismo.
Traer
una vela en la peregrinación, además de ser una ofrenda para
el templo, asociada a la ofrenda eucarística de Cristo, es una profesión
de fe.
Con
esa luz renovamos nuestra promesa de ser siempre seguidores de la luz,
de caminar siempre como hijos de la luz, y así alumbrar toda nuestra
vida. Somos el pueblo de la luz, en combate contra las tinieblas del mal.
¿Campanear
aún tiene sentido?
Con el
toque de campanas se marcaba el ritmo del trabajo, oración y fiesta
de un pueblo, desde la antigüedad.
Pero
ahora, los relojes y la aceleración de la vida moderna no nos permiten
captar el mensaje de las campanas, que siguen siendo un llamado para los
cristianos.
Las
campanadas con la campana mayor para convocar a Misa, o con la campana
auxiliar para el Rosario y otras funciones son un eco del llamado que Dios
nos hace a entrar en comunión con Él. La primera, llamada,
para espabilarnos y suspender la actividad que nos ocupa. La segunda llamada,
para movilizarnos al templo o lugar de la celebración. La última,
para iniciar la función sagrada.
Las
12 campanadas al mediodía nos invitan a rezar el Angelus, en recuerdo
de la Encarnación, del anuncio del ángel a María y
de la aceptación de ella de ser Madre de Dios. Es una pausa en la
fatiga, un suspiro en Dios, que nos renueva en nuestra propia vocación.
Las
3 campanadas a las 3 de la tarde nos recuerdan la Muerte de Cristo, que
santifica todas nuestras actividades, realizadas en nombre de la Trinidad,
incluyendo la comida. Nos unimos a las 3 horas de su sufrimiento en la
Cruz, y a su Pasión prolongada en la historia, con un Credo u otra
oración.
Las
9 campanadas graves y pausadas de las 6 de la mañana y de las 7
de la noche nos invitan a ponernos en oración con toda la Iglesia,
para ofrecer el trabajo y la fatiga de la jornada, unidos a los 9 coros
de ángeles que alaban en el cielo sin cesar al Altísimo.
Esos
toques son precedidos por pinos, toques de anuncio que nos alertan, llamados
de atención en las fiestas. Las vueltas de cada esquila, desde la
de sonido más agudo hasta la de sonido más grave, por turnos,
en 3 tandas, anuncian que hay fiesta.
Y terminan
con 3 repiques, en que se echan a vuelo todas las campanas, en un concierto
sonoro de bronce, estaño y metales preciosos. Aunque las fiestas
sean en honor a la Santísima Virgen o a un santo, se finalizan a
honrar a la Santa Trinidad. El primer repique se dedica a Dios Padre, alabando
su obra creadora. El segundo repique se dedica a Dios Hijo, aclamándolo
por su obra redentora. El tercero se dedica al Espíritu Santo, bendiciéndolo
por su acción santificadora y unificadora.
Las
3 campanadas pausadas con la campana mayor al final de la Misa vespertina
nos invita a recibir la Bendición con el Santísimo dada al
pueblo, arrodillándonos si es posible en cualquier parte donde estemos.
Suplicamos la paz, tranquilidad y seguridad social para todos.
Cuando
hermano muere, los dobles convocan a darle el adiós con la Eucaristía.
Un clamor, dado por el toque simultáneo de la campana mayor y la
auxiliar, es seguido por dos toques alternados cuando el difunto es hombre,
o tres toques alternados si es mujer, (cuatro si es sacerdote, cinco si
es obispo, y ocho si es papa), repetidos nueve veces en cada llamada.
Puede
haber circunstancias especiales en que, con la campana auxiliar o la consagrada,
anuncien una tempestad, un peligro, una invasión.
Las
campanas no son, pues, una molestia que impida dormir o trabajar, si sabemos
entender su lenguaje, y captamos la voz de Dios que nos llama varias veces
al día a servirle a Él y a nuestros hermanos.
Sin
cohetes no hay fiesta
La fiesta
es una ruptura de la monotonía de la vida ordinaria. Por eso tiene
también signos extraordinarios.
Con
los avances maravillosos de la comunicación, no necesitamos que
un trueno anuncie a distancia que hay fiesta o que se aproxima la hora
de una celebración.
Pero
faltaría un signo, que nos enlace con la tradición de nuestros
antepasados. Tomamos contacto con nuestras raíces, nos sentimos
parte de un pueblo en la sucesión de sus generaciones, experimentamos
nuestra cohesión. Apreciemos la experiencia histórica que
nos heredaron.
Con
motivo de los acontecimientos importantes del pueblo, sacralizaron la quema
de cohetes y castillos. Es una ofrenda, una alabanza pública, un
estruendoso testimonio.
No
podemos quejarnos de que nos traume su impacto, viviendo en un mundo de
ruido. El sonido estridente de estereos en carros, con sus enfrenones y
derrapes, o de la música rítmica de bailes y grupos, llega
a ser más estresante por su continuidad.
Un
trueno en el cielo alegra al campesino porque le recuerda la bendición
de la lluvia: el relámpago, el trueno, y la nube de humo.
Varios
truenos en el cielo recuerdan el homenaje militar a los hombres ilustres,
con cañonazos o salvas en su honor, que llenan el cielo de un estampido
de luz como reconocimiento a sus méritos.
Una
eclosión de luces y explosiones recuerdan al científico el
big-bang que originó nuestra galaxia y la evolución de nuestro
planeta tierra.
Un
cometa artificial que sube de la tierra al cielo recuerda al creyente su
correspondencia a las Estrellas del Belén, al don del Salvador que
bajo del cielo para elevarnos.
Lanzamos
naves espaciales que exploren el universo sideral. Un cohete encierra todo
ese desarrollo científico y tecnológico, ahora al servicio
de la fe y la alabanza.
No
solo los cohetes los que nos sobresaltan, sino nuestra conciencia intranquila
y las tensiones que ocasionamos.
No
son los cohetes los culpables de que no podamos dormir, sino la desvelada
en la parranda y el vicio.
Posiblemente,
el mismo enfermo sería el primero en protestar si supiera que le
culpan de querer suprimir los cohetes de la fiesta.
Un
gasto moderado en pólvora es un signo adecuado de fiesta. Las exageraciones
siempre son malas. Más cuando vivimos crisis económicas y
hay otras necesidades.
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